XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO A – Mons. Cristóbal

 

 

 

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO

Ciclo A –  17 de Septiembre de 2017

 

Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán.

 

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el Vigésimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario.

La página del Evangelio de hoy concluye el sermón de Jesús sobre la vida de la Iglesia: “Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: Si mi hermano me ofende, ¿Cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta 7 veces?… ¿Por qué esa pregunta? Porque la enseñanza de Jesús sobre el perdón era novedosa. Los rabinos del tiempo habían fijado hasta “tarifas” sobre el cómo y el cuándo se debía perdonar a la mujer, a los hijos, a los amigos. Pedro oía que era normal perdonar a un judío hasta 3 veces el mismo pecado, pero a un extranjero nunca; a una mujer se le perdonaba una vez pero a un amigo 5. Para ellos Dios perdonaba hasta 3 veces.

Partiendo de esa mentalidad judaica e impresionado por la insistencia del maestro sobre el perdón fraterno, quiere saber de Jesús cuál es la medida del perdón que se debe establecer. Pedro se esfuerza queriendo entrar en sintonía con lo anunciado por el maestro y se aventura a conceder una medida generosa que parecería más que suficiente, exorbitante: “¿Hasta 7 veces?”, que equivaldría a decir, por el simbolismo del 7 en la cultura hebrea, “siempre”.

En respuesta Jesús muestra que la “medida” indicada por Pedro, aunque generosa, queda del todo parcial e insuficiente: “No sólo hasta 7, sino hasta 70 veces 7”.

No se trata de realizar una operación matemática: la cifra simbólica nos está indicando que el perdón no debe tener límites. Se deberá perdonar sin cálculos y sin cansarse. Absolutamente siempre.

Vengarse de la injusticia sufrida parece una necesidad ancestral, una especie de autodefensa y autoafirmación. Pero, ¿dónde acaba el derecho? ¿dónde empieza la injusticia? En el Antiguo Testamento la respuesta era la ley del talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Desde la sabiduría, que progresaba en Israel, el Sirácide en la 1ª Lectura ya encontramos ciertas máximas con las que se instruía a los jóvenes: “Cosas abominables son el rencor y la cólera… Si un hombre le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir la salud al Señor? Piensa en tu fin y deja de odiar… Recuerda la alianza del Altísimo y pasa por alto las ofensas”.

Jesús además de exigir una total renuncia a la venganza, añade la exigencia de un perdón sin límites. La Buena Nueva de hoy nos pide que no respondamos al mal y la violencia con el mal y la violencia. Experiencias de guerras y revueltas recientes nos muestran hacia dónde lleva a los pueblos este encadenamiento de violencia. Es urgente romper este espiral. A la locura del odio y la violencia hemos de responder con lo que es el alma de la Iglesia: La fraternidad y el amor, que todo lo perdona. En la parábola del perdón ilimitado que Jesús propone encontramos la motivación para perdonar: ¡Porque Dios primeramente ha perdonado y nos perdona! El criterio ya no será: “Lo que el otro te ha hecho, hazlo tú también al otro” ¡Dios nos ha perdonado! ¡Hagamos lo mismo! El perdón no es un peso, una carga sino una liberación. Rompe el cerco sofocante. Dilata los espacios. Inaugura un nuevo modo de vivir, de mirar al otro. Si perdonar es importante, más aún lo es el pedir perdón.

Hermanos, preguntémonos: ¿Qué es lo que más nos cuesta perdonar o pedir perdón?.

Les bendigo a todos.   Feliz domingo para todos.