XXIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

 

 

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO A

 

El capítulo 18 de San Mateo nos presenta el cuarto discípulo de Jesús, sobre la vida de la Iglesia. Hoy domingo Jesús nos exhorta a vivir con un verdadero espíritu pastoral: “Dijo a sus discípulos: Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha habrás salvado a un hermano”.

Esta lucidez de las palabras de Jesús denotan claramente que los cristianos no somos mejores que los demás. El Concilio Vaticano II en L.G. 8 dice: “La Iglesia al mismo tiempo es santa y necesitada de purificación”. Es decir, “pecadora”, está formada por hombres y mujeres frágiles, que vivimos en una cierta tensión hacia el Reino porque hasta nuestra fragilidad llegan aquellas palabras del Maestro: “Sean santos como su Padre Celestial es santo” (Mt. 5, 48). Reconocer nuestra debilidad no es de pecadores sino que es dar la posibilidad de que en nosotros venza la misericordia y el perdón de Dios. Por eso iniciamos siempre la celebración Eucarística invocando el amor misericordioso de Dios, ya que nunca estamos exentos de la miseria humana y de caer en el pecado.

La convivencia no pocas veces está entretejida de contrastes, conflictos y errores recíprocos, debido al hecho de que somos distintos por temperamento, por nuestros puntos de vista y por nuestros gustos. Con frecuencia la fraternidad eclesial se ve sacudida por ofensas personales y por inevitables resentimientos. No tenemos derecho a incubar en el corazón esos resentimientos. La Palabra del Señor quiere llevarnos a que corresponsablemente busquemos el perdón y la restauración a través de la corrección fraterna.  Hoy no está de moda corregir al hermano que ha cometido errores; en una sociedad permisiva corregir al hermano es visto como una intromisión en su vida; pero en el evangelio Jesús nos pide: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo…” el motivo no es mostrar al hermano sus errores para hacer resaltar nuestra superioridad, ni tampoco para descargar la conciencia y poder después decir: “Yo te lo había dicho, ¡Ya te lo había advertido! Peor para ti si no me has escuchado”.  ¡No! La finalidad de la corrección es para ganarse a un hermano, esto es, el genuino bien del otro.

El evangelio en ningún momento aprueba andar vigilando para ver quién peca y luego llamarle la atención. Seamos, pues, centinelas, no espías. En la primera lectura el Profeta Ezequiel nos señala: “Esto dice el Señor: a ti hijo de hombre te he constituido centinela para la casa de Israel”. Al centinela le toca denunciar el peligro venga de donde venga, poner en guardia contra los errores.

El evangelista, y con seguridad Jesús, no están pensando sólo en que se corrija al que comete un pecado sino también en que los demás miembros de la comunidad no hagan “chisme” de los pecados ajenos; sucede que se habla con todos, menos con el afectado. Además de la corrección activa, existe también la pasiva: Quien quiera corregir a alguien ha de estar dispuesto a dejarse corregir, porque “¿Cómo puedes decir a tu hermano, deja que te saque la brizna que hay en tu ojo si no ves la viga que hay en el tuyo?” (Lc. 5,42).

Un reto para todos siempre será que la corrección aparezca más como un “animar” que como un “descalificar”. Hermanos preguntémonos: ¿Qué actitud tomo ante mis pecados y los pecados de mi hermano? San Pablo nos ha dicho: “No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo”.

Los bendigo a todos.

Feliz domingo para todos.

 

 

10 de septiembre de 2017