XXII Domingo Tiempo Ordinario Ciclo A – Mons. Cristóbal

XXII Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A – 03 de Septiembre de 2017

 

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán

 

“Comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas, que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”. Termina la misión de Jesús en Galilea, tiene que partir hacia Jerusalén. El viaje constituirá para los discípulos un recorrido espiritual. Se irán acostumbrando a la idea de un Mesías que sufre y descubrirán qué es la Iglesia y las exigencias que requiere. Jesús dedica todos sus esfuerzos a fortalecer la fe de sus discípulos, mientras que la muchedumbre se alejará debido sobre todo a no aceptar el mesianismo que Jesús proclamaba. Pero Jesús no deja de mirar hacia el lugar de su pasión, muerte y resurrección futura. Cuando Jesús dice que “debe” sufrir, no habla de un destino inevitable, sino del plan de Dios que Él ha aceptado y que ahora revela claramente a sus discípulos. En su camino no quiere seguir ningún otro que no sea el trazado por el Padre. Es totalmente obediente y dócil a la voluntad del Padre, aún si esto indica un difícil camino por recorrer.

Jesús, para ser el Mesías glorioso y victorioso sobre el reino de la muerte, deberá ser primeramente el Siervo doliente, el Mesías de la pasión dolorosa. Pedro lo entendió tanto, que le horroriza imaginar a Jesús clavado en una cruz se revela y por eso: “Se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: no lo permita Dios, Señor. Esto no te puede suceder a ti”. Jesús reacciona con una dureza inesperada y rechaza la propuesta de Pedro con la misma fuerza y decisión con la que había rechazado la tentación del maligno: “¡Apártate de mí, Satanás! y no intentes hacerme tropezar en mi camino!” El texto literalmente dice: “Vade retro Satanás”, es decir, “ponte detrás de mí”, ocupa tu lugar de discípulo y aprende a seguirme. Aquel que después de su profesión de fe había escuchado del maestro: “Dichoso tú, Simón”. Aquel que había sido puesto como piedra que debía aportar cohesión y solidez a la construcción se ha convertido en piedra de tropiezo. Pedro debe caer en la cuenta que la construcción no es la soñada por él.

Jesús, sin dejar de mirar a donde su Padre y hacia Jerusalén, remarca las exigencias de su seguimiento: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga”. Digamos que, negarse a sí mismo no significa menospreciarse. El Maestro no nos pide renunciar a los que somos, sino a lo que hemos llegado a ser. Nosotros somos “imagen de Dios”, por ello somos algo muy bueno. A lo que hemos de renunciar es a lo que hemos hecho de nosotros, usando mal de nuestra libertad. Es decir renunciar a las malas tendencias, al pecado, a todas las cosas que nos son como incrustaciones posteriores sobrepuestas a lo original. “Negarse a sí mismo” no es, por tanto, una operación para la muerte, sino para la vida, para la belleza y para la alegría. Negarse a sí mismo es aceptar el proyecto de Jesús y no inventarse uno al propio modo.

“Cargar la cruz” no significa aceptar el sufrimiento por el sufrimiento, sino más bien tiene que ver con el amor, con la entrega. Cargar la cruz significa pues amar hasta el extremo. Es el amor al estilo de Cristo y no el sufrimiento lo que nos hace verdaderos seguidores suyos. Ahora bien, si el sufrimiento nos viene por el amor, por amar hasta que duela, ¡bendito sufrimiento! Jesús abrazó la cruz pero por amor a nosotros.

Hermanos, preguntémonos: ¿En qué hemos desgastado y estamos desgastando nuestra vida?

Pensemos en lo que también nos dice el Maestro: “El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”

Les bendigo a todos…