XXI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A – Mons. Cristóbal

XXI DOMINGO ORDINARIO

Ciclo A –  27 de Agosto de 2017

Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán.

 

“¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Con esta pregunta de Jesús a sus discípulos inicia hoy el Evangelio (Mt 16,13-20). No porque a Jesús le interesase conocer su popularidad o el índice de aceptación de la gente, sino porque preparaba una segunda pregunta: “Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?”.

Si ante la primera pregunta se lee que los apóstoles respondieron todos juntos a coro, esta vez sólo responde Simón Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios Vivo”. Para responder la primera, había bastado mirarse unos a otros, haber oído las opiniones de la gente, ahora deben mirarse hacia adentro, escuchar una voz bien distinta, que no viene ni de la carne ni de la sangre sino del Padre, que está en los cielos. Pedro ha sido objeto de una iluminación desde lo alto. Es la primera confesión explícita de los discípulos que reconocen, por boca de San Pedro, a Jesucristo como “el Hijo de Dios que vive”. Esta expresión contrapone con claridad al Dios de Jesús con los dioses del mundo, que no viven. Y además el Dios Vivo en la Biblia es el que acompaña, el que camina con la gente, el que no olvida sus promesas, el que se mantiene fiel al ser humano.

La felicitación que hace Jesús a Pedro: “Dichoso tú Simón, hijo de Juan…”, incluye también la confirmación de que lo que ha dicho no es algo que ha conseguido sólo a partir de la reflexión y de la búsqueda personal. Para San Mateo es el Padre quien da a conocer a su Hijo (Mt 11,27): “Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre”.

La búsqueda personal e intelectual de Dios es posible, pero para entrar en una relación realmente profunda y de fe con Él sólo es posible con la gracia de Dios: “…Simón, esto no te lo ha revelado ningún hombre sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

Quienes creemos en la Iglesia edificada y querida por Cristo sobre el fundamento que es Pedro, nuestra fe permanecerá siempre apuntalada sobre la roca firme, es decir, sobre una referencia objetiva y sólida y no sometida a criterios individuales y a las costumbres de las pequeñas comunidades “vivas y cálidas” pero que no quieren saber nada de la gran institución que Jesús hizo sobre Pedro, su Iglesia.

El pasaje de Isaías en la 1ª. Lectura (Is 22,19-23) señala también el tipo de poder que deberá ejercer el nuevo mayordomo real: “Será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré la llave del Palacio de David sobre su hombro”.

Se anticipa allí el sentido de la autoridad que Jesús propondrá en el Nuevo Testamento: No deberá ser expresión de poderío y de superioridad, sino de amor y de servicio.

En la Iglesia, toda misión o ministerio ha de entenderse como servicio. El Papa se autonombra “Servus servorum Dei”, el siervo de los siervos de Dios. El Señor necesita siervos que no construyamos monumentos sino que nos preocupemos de enaltecer a los pequeños; siervos que no defendamos tronos sino la imagen auténtica de Dios que es amor; siervos que consideremos el propio cargo siempre como provisional, condicionado, subordinado a la capacidad de ser fieles.

Hermanos, preguntémonos: ¿Cómo, de qué manera podemos ser piedras edificantes en la comunidad, en nuestra Iglesia?

Les bendigo a todos…