XX Domingo Ordinario Ciclo A – Mons. Cristóbal

XX Domingo Ordinario  –  Ciclo A

20 de Agosto de 2017

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán

Hoy que mucho se habla de los Derechos Humanos, son más violados; bástenos el ver el derecho de nacer, el derecho a la seguridad y a la vida.

El Señor, a través del Profeta Isaías en la primera lectura (Is 56,1.6-7), con un imperativo nos ordena: “Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia…” Y a la vez hace una promesa: “Mi salvación está a punto de llegar… A los extranjeros que se han adherido al Señor para servirlo, amarlo y darle culto, los conduciré a mi Monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración”.

Las promesas del Señor se van cumpliendo. Así, en el Evangelio (Mt 15,21-28), vemos a Jesús que “se retiró a la comarca de Tiro y de Sidón”, es decir, más allá de las fronteras de Israel. “Entonces -nos dice el Evangelio- una mujer Cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: ¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Un primer obstáculo que encontró aquella mujer es que “Jesús no le contestó una sola palabra”. Después de esa ducha de agua fría intervinieron los apóstoles, no tanto por amor o compasión hacia la mujer, sino por enfado, ya que se “acercaron y le rogaron: Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”. Y por si algo faltase tenemos un expreso rechazo de Jesús: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

Llegado a este punto: ¿Qué hubiésemos hecho nosotros? Tal vez nos hubiésemos ido ofendidos, escandalizados y murmurando: “¿Este es el modo de tratar a la gente por parte de alguien que se hace pasar por amigo de pobres y afligidos?”. La mujer Cananea, no. Ella es todo lo contrario a una persona susceptible, que se ofende fácilmente. ¿Qué hace? Se acerca y se postra delante de Jesús diciéndole: “Señor, ayúdame”. Ante el rechazo ella intensifica la plegaria y la espera. Y viene de Jesús una palabra dura: “No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Hijos son los descendientes de Abraham y perros son los paganos. Cualquiera llegado a este punto habría escapado desesperado. No así la Cananea, que le dice: “Es cierto, Señor, pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Jesús que hasta aquí se ha contenido fatigosamente, no resiste más y grita lleno de alegría: “¡Mujer, qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas” Y en aquel mismo momento quedó curada su hija. Para Jesús hay un milagro mucho más grande que esa curación: ¡Aquella mujer ha llegado a ser una “creyente”!, una de las primeras provenientes del paganismo. Una antepasada nuestra.

Jesús es un buscador de fe, más apasionado de cuánto lo haya sido jamás un buscador de oro. Ahora sabemos qué había en el corazón de Jesús que lo llevó a actuar de ese modo con aquella madre afligida. Él sufría al  oponerle sus rechazos, temblaba ante el riesgo de que ella se cansase y desistiese. Se percibe que también para Dios está la incógnita de la libertad humana,  que hace nacer en Él la esperanza.  Jesús ha esperado. Por eso al final se muestra tan lleno de alegría: “¡Mujer, qué grande es tu fe!”

“El Señor llenó de alegría en la casa de oración a aquella mujer extranjera”. Podemos decir que Dios escucha asimismo cuando… no escucha. Y su no escuchar es ya un socorrer.

Hermanos, preguntémonos: ¿Qué hacemos cuando parece que Dios no nos escucha? ¿Abandonamos la oración?

Les bendigo a todos…