XV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A – Mons. Cristóbal

XV Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A – 16 de Julio de 2017

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán.

“Una vez salió el sembrador a sembrar…” con esta parábola del sembrador (Mt 13,1-23) inicia tercer discurso del Evangelio de San Mateo, es el sermón o discurso de las parábolas.

En esta parábola del sembrador Jesús compara la actuación de Dios con un sembrador, el cual, más allá de la calidad de la tierra, más allá de que haya o no lluvia, más allá de las circunstancias externas, echa la semilla: “…Unos granos cayeron a lo largo del camino, otros cayeron en terreno pedregoso, otros cayeron entre espinos, otros cayeron en tierra buena…” El fruto que da la semilla depende de nosotros: de nuestra actitud para acoger, de nuestra disposición para dejarle a Dios actuar, de nuestras distracciones. Cada uno sabrá cuáles son “los pájaros”, “las piedras”, “las zarzas” o “el maligno” que impiden que germine en nosotros la “semilla sembrada”. Ojalá y que cada uno sepamos cómo debemos hacer para convertirnos en “tierra fértil”.

¿Cuál sería el sentido de esta parábola o por qué Jesús la dijo?

Parece que Jesús pronunció esta parábola en el período en que Él comenzaba a ser abandonado por las multitudes y no lograba entrar en los fariseos y en los jefes del pueblo. Eran momentos de crisis de credibilidad para con la gente; solamente unos pocos, aquellos pequeños a quienes Dios ha querido revelar el misterio que Jesús lleva consigo, le creen.

En la gran masa, su mensaje se pierde o cae en la indiferencia. El aparente fracaso, podría incluso hacer dudar a los más fieles, de que fuera realmente el iniciador del Reino de Dios.  Jesús, entonces, pronuncia esta parábola para sostener la fe de sus seguidores, quiere asegurarles que habrá buen fruto no obstante las semillas que se pierden. Así pues, les está diciendo que los humildes inicios del Reino no deben de mermar la fe en sus afirmaciones porque, no obstante los repetidos fracasos, hay semillas que producen fruto.

Jesús es el Sembrador. Pero recordemos un canto que dice “me nombraste, Señor, sembrador”. Somos sembradores y al mismo tiempo “terreno”. Anunciadores del mensaje y a la vez destinatarios. Como sembradores hemos de ser hombres de esperanza. Sólo se puede sembrar en la esperanza. Si nos convertimos en hombres de los regaños, del lamento, de las recriminaciones, de la desilusión, del cansancio, de la desconfianza, quiere decir que no hemos entendido lo que es ser sembrador. Nuestra misión es sembrar, no ser segadores. Aprendamos desde la actitud del Buen Sembrador a no seleccionar los terrenos y a no decir de antemano cuál es el bueno, el receptivo, el merecedor, el que ofrece perspectivas alentadoras.

Aunque hay un salmo que dice: “Al ir iban llorando llevando la semilla, al volver vuelven cantando trayendo sus gavillas” (Salmo 125), corrijamos esa imagen y aprendamos a sembrar cantando, echar la semilla con gozo, no con la desconfianza reflejada en un rostro sombrío.

Hermanos, preguntémonos: ¿Cómo recibo la semilla de la Palabra de Dios en mi corazón? ¿Con qué actitudes voy sembrando la semilla?

Les bendigo a todos…