XIV Domingo del Tiempo Ordinario -Ciclo A- Mons. Cristóbal

XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A – 09 de Julio de 2017

 

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán.

Así inicia el Evangelio hoy (Mt 11,25-30): “En aquel tiempo Jesús exclamó: Yo te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra…” En un ímpetu de gozo el Espíritu Santo le impulsa a hablar con el Padre ante la presencia de los hombres. Con el corazón de los “sencillos” y con el respeto y reverencia de Moisés ante la zarza ardiente, guiados por el Espíritu Santo, acerquémonos a este pasaje evangélico. Jesús alaba al Padre: “…Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla ¡Gracias Padre porque así te ha parecido bien!”. Por el tono y el modo con que habla con Dios pueden intuir los discípulos que entre ellos dos hay una relación única e irrepetible. Se dirige a Dios llamándolo ABBA, Papá. Ningún orante hebreo, que sepamos, había jamás osado dirigirse a Dios con esa familiaridad. Nuestra fe se funda en esa conciencia clara que tiene Jesús de ser Hijo de Dios, certeza confirmada por la resurrección de Cristo.

Eso que dice Jesús: “Y las has revelado a la gente sencilla” nos hace pensar que los escribas y fariseos a pesar de ser sabios y entendidos no reconocen el designio de salvación que Dios está realizando ante sus propios ojos en la humilde persona de Jesús de Nazaret. Dios se revela a los que no son autosuficientes, porque los que creen saberlo todo y no necesitan de nada, no tienen espacio para acogerlo, no están abiertos a su amor. En cambio la gente sencilla sintonizaba fácilmente con Jesús. Aquellas gentes humildes que vivían trabajando sus tierras para sacar adelante una familia, acogían con gozo su mensaje de un Dios Padre preocupado de todos sus hijos, sobre todo de los más olvidados. Ellos junto a Jesús sentían a Dios más cercano. El pueblo sentía que Jesús con su forma de hablar, con su manera de ser y con su modo de reaccionar ante los pobres y necesitados, les estaba anunciando al Dios que ellos necesitaban. En Jesús experimentaban la presencia salvadora del Padre. A ellos y a todos los que llevamos el ajetreo de cada día y el agobio del intenso ritmo de la vida, Jesús invita: “Vengan a mí todos los que están fatigados por la carga y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.

El mensaje de Jesús es un “yugo” pero no oprime sino que da gozo y descanso a quienes lo necesitan. La propuesta de Jesús es exigente pero no quita la esperanza de vivir. Su exigencia no es inhumana, tampoco grosera o prepotente. “Aprendan de mí que soy manso y humilde” -nos lo señala-. La humildad no consiste en sentirse pequeños y sin valor. No consiste en declararse pequeños. La humildad consiste en hacerse pequeños; hacerse pequeños para amar, para servir y agrandar a los demás.

Así ha sido la humildad de Jesús. Él, que tenía la “forma de Dios”, se ha despojado de todo, ha tomado la forma de Siervo. Para nosotros la mansedumbre y la humildad no son un dato genético, no son el resultado de una mezcla de cromosomas; por eso lo que Jesús nos dice: “Aprendan…”

Se llega la mansedumbre a través de un trabajo severo, paciente sobre sí mismo; se necesita mucha fuerza. Un pequeño medio que nos hará crecer en la humildad, es saber aceptar cualquier observación de los demás sin deprimirse de inmediato o reaccionar partiendo enseguida al contraataque, antes aún de haber considerado si la observación era o no justa. No se llega a ser humilde sin aceptar cualquier humillación.

Imaginemos: ¿Cómo se humillaría Moisés para llegar a ser considerado como “el hombre más manso y humilde del mundo” (Núm 12,3)?

Hermanos, preguntémonos: ¿En qué momento estamos en  el aprendizaje de la mansedumbre?

Les bendigo a todos…