XIII Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A- Mons. Cristóbal


 

XIII Domingo Ordinario – Ciclo A

2 de Julio de 2017

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán

El Evangelio de San Mateo está compuesto por cinco sermones o discursos, y él párrafo de hoy (Mt 10,37-42) nos presenta la conclusión del segundo sermón, el de la misión. Son enseñanzas concernientes a la misión de los apóstoles y discípulos en general.

Hoy se remarcan dos aspectos de la misión del discípulo: El primero es sobre la radicalidad que se nos pide a los seguidores de Jesús. El Señor nos dice: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí”. El lenguaje parece duro, demasiado exigente. Evidentemente no se trata de dejar de amar a los familiares más íntimos, sino de relativizar esas adhesiones personales al seguimiento de Jesús. Incluso la propia vida pasa a segundo término. Ninguna realidad creada ha de obtener nuestra adhesión última y total; sino que hemos de estar en una actitud de apertura a la realidad siempre mayor y al amor siempre mayor que es Dios. Desde luego que Jesús respeta el 4° Mandamiento del Decálogo: “Honra a tu padre y madre”. Lo que Él quiere decirnos es que ninguna relación humana, por íntima que sea, puede tener precedencia sobre las exigencias del Reino.  Apegarse a cosas y a relaciones humanas como si fueran lo último, lo máximo, sería encaminarse a la ruina; porque finalmente todo eso se manifestará como un ídolo, y los ídolos no dan la vida eterna.

La fe cristiana, que conlleva una misión es una opción personal, radical, que significa poner a Dios, a Jesús en primer lugar y todo lo demás en segundo término, porque el objetivo final es el Reino de Dios. Pero tengamos presente que la perspectiva de las renuncias que pide el Evangelio es positiva, esperanzada: “El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí la salvará”. Quien es capaz de renunciar a ciertas cosas, el que es capaz de sacrificarse, de tomar su cruz, incluso, de dar la vida por Él, saldrá ganando mucho más.  Jesucristo es el modelo: Él entregó la vida, pero resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre. Pues nosotros igual. San Pablo en la segunda lectura (Rm 6,3-4.8-11) explica el sentido del bautismo, nos dice que: “Por el bautismo hemos sido incorporados a la muerte de Cristo… Fuimos sepultados con Él en su muerte”. Es decir, morimos con Él a las exigencias de este mundo de tal manera que la avaricia, la lujuria, la soberbia… ya no tienen control sobre nosotros. Ahora vivimos para Dios y por eso podemos decir a Jesús: “Aquí estoy, envíame”.

El segundo aspecto que remarca el Evangelio es el de la acogida, la hospitalidad a los enviados por Jesús. El profeta itinerante, Eliseo, en la primera lectura (2Re 4,8-11.14-16) es un buen precedente de lo que serán los enviados del Maestro, quienes necesitan también ser acogidos. Todos somos llamados y enviados por Jesús. “Quien los recibe a ustedes me recibe a mí y quien me recibe a mí recibe al que me ha enviado”. En el enviado se acoge a Jesús mismo. Si todo gesto de amor y de solidaridad siempre es digno de alabanza, mucho más cuando se hace como nos dice Jesús: “Quien diere aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

Hermanos, preguntémonos: ¿Cómo estoy cumpliendo la misión que el Señor me confía? ¿Cómo acojo a los enviados del Señor?

Les bendigo a todos…