XI Domingo del Tiempo Ordinario

XI Domingo Ordinario – Ciclo A

18 de Junio de 2017

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán

Busquemos en el Evangelio la mirada de Jesús: “Al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas como ovejas sin pastor” (Mt 9,36-10,8). Su mirada muestra lo que hay en su corazón: “compasión”. La compasión de Cristo es la sustancia, el núcleo profundo del Evangelio, la fuente profunda de donde surge la obra de la redención, el sentimiento que mejor revela “la bondad misericordiosa de nuestro Dios”. Jesús prueba esta compasión ante todo tipo de miseria y de sufrimiento; hoy son “las multitudes extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor” lo que le hace experimentar la compasión. Un rebaño desprovisto de pastor es un puño de ovejas perdidas, sin dirección y sin meta; caminan a la deriva y por ello pronto sienten el cansancio y sufren la desesperación que precede al deseo de morir. La expresión: “ovejas sin pastor” está tomada del Antiguo Testamento: recordemos como poco antes de morir Moisés le pidió a Dios que pusiera al frente de la comunidad un hombre “que la presida y la conduzca para que la comunidad del Señor no quede como oveja sin pastor” (Num 27,17). Jesús desea llevar a todos por los caminos de la salvación; pero enseguida se da cuenta que “la cosecha es mucha y los trabajadores pocos” y les dice a sus discípulos: “rueguen por tanto, al dueño de la mies, que envíe trabajadores a sus campos”.

Estamos al final del curso escolar. En el verano se realizan los preseminarios. Siempre, pero más en estos días, hemos de intensificar la oración por las vocaciones. Gracias a la acción pastoral de sacerdotes y demás agentes de pastoral, vamos haciendo lo posible para que nadie se sienta “como oveja sin pastor”, pero en la realidad vemos que hay quienes se ven sin la debida atención pastoral; no urgen más pastores, por eso pidamos al Dueño de la mies que envíe más trabajadores a sus campos. Además de exhortar a la oración, Jesús desde su corazón compasivo, “Llamando a doce discípulos -nos dice el Evangelio- les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias… Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos…” Jesús llama y envía.

La prohibición de ir a los paganos y samaritanos es temporal; no estaban preparados aún, debían antes pasar por Pentecostés y superar no pocas resistencias. El programa reciente de los doce comprende el anuncio del Reino y la realización de los signos mesiánicos. Ante la multitud, ovejas sin pastor, no son enviados a establecer el orden, a ponerla en fila, organizarla, sino que son enviados a curarla de su resignación a ser solamente multitud, masa inerte. Las enfermedades de las que deberán de preocuparse, además de las corporales, son sobre todo el anonimato, la soledad, la pasividad, el desinterés. Se les encarga sobre todo “sacar” personas de la masa, buscar rostros, llamar a cada uno por su nombre. Hacer conscientes a las personas de esta nueva realidad: han sido llamados a ser pueblo, a reconocerse, a encontrarse, a realizar el mismo proyecto divino.

Los enviados se manifiestan fieles en la medida en que parten del mismo punto en que se ha situado Cristo: la ternura, la compasión. Así serán portadores de un amor, el de “Cristo, quien murió por los pecadores en el tiempo señalado” -como nos dice el apóstol en la segunda lectura (Rm 5,6-11).

Les bendigo a todos…