XVIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A – Mons. Cristóbal

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A-  06 de Agosto de 2017

Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

Este domingo, 6 de agosto, tiene un acento peculiar porque coincide con una fiesta del Señor: la que conmemora su Transfiguración en la montaña como un anuncio de su Resurrección.

Escuchemos del Evangelio (Mt 17,1-9): “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con Él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús”. El fin de la Transfiguración ha sido muy analizado en su dimensión pedagógica: el fin principal desde esta dimensión sería quitar del corazón de los Apóstoles el escándalo de la cruz ya que la Transfiguración revela la verdadera identidad de Jesús y con esto fortalece la confianza de los discípulos, desconcertados por la perspectiva de la pasión y muerte.

Desde la dimensión mistagógica en la Transfiguración, más que el Maestro que imparte enseñanzas, es el Hijo de Dios que se revela en presencia de los suyos anticipando la gloria pascual.

En la fiesta de la Transfiguración, la Iglesia no celebra sólo la transfiguración de Cristo sino también su propia transfiguración. ¿Qué es transfiguración? Ante todo la transfiguración escatológica, la que tendrá lugar al final, cuando el Señor Jesús, como dice el apóstol Pablo: “Transfigurará nuestro cuerpo para conformarlo a su cuerpo glorioso” (Fil 3,21)

La Transfiguración de Cristo no interesa sólo a su cuerpo Místico en la otra vida sino también en esta vida. San Pablo usa dos veces el verbo transfigurarse referido a los cristianos y ambas veces tienen lugar aquí y ahora: “Transformaos renovando vuestra mente” (Rm 12,2). (En griego transfigurarse y transformarse son la misma palabra). Y en el otro texto explica cómo acontece: “Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos; así es como actúa el Señor” (2Co 3,18)

Es mediante la escucha: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo” y mediante la contemplación como nosotros podemos entrar desde ahora en el misterio de la transfiguración, hacerlo nuestro y llegar a ser parte en causa porque no sólo el hombre refleja lo que contempla sino que llega a ser lo que contempla. Escuchando y contemplando a Cristo nosotros llegamos a ser semejantes a Él, permitimos que su mundo, sus fines, sus sentimientos se impriman en nosotros y vengan a ser parte nuestra.

Quienes dedican tiempo a la escucha de Dios y a la contemplación podrán experimentar aquel gran deseo de los Apóstoles: “¡Qué bueno sería quedarnos aquí!” También nosotros al participar en la Eucaristía, gustamos por unos momentos la maravillosa unión con el Señor de la Gloria, y la liturgia nos permite vivir momentos de intensa comunión con el Señor que nos ayudan a volver al esfuerzo constante de la vida cristiana cotidiana: “Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”.

Hermanos, preguntémonos: ¿Qué tanto y qué calidad de tiempo dedicamos a la escucha y a la contemplación del Señor?

Les bendigo a todos…