XIX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A – Mons. Cristóbal

XIX Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A – 13 de Agosto de 2017

Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán.

Dios está presente en nuestras vidas. Necesitamos salir de nuestras cuevas para percibir su presencia. En la 1ª. Lectura (1Re 19,9.11-13): “El Señor le dijo a Elías: Sal de la cueva y quédate en el monte para ver al Señor, porque el Señor va a pasar”. El Dios siempre presente se nos puede manifestar en cualquier situación.  Elías lo percibió en una suave brisa.

En Jesús, nuevo Moisés, Dios se hace presente para conducirnos a la definitiva tierra prometida. Después de la multiplicación de los panes nos dice el Evangelio (Mt 14,22-33) que: “Jesús hizo que sus discípulos subieron a la barca y se dirigieron a la otra orilla. Mientras Él despedía a la gente. Después de despedirla subió al monte a solas a orar. Llegada la noche estaba Él solo allí”.

Pese al agobio que supone su ministerio, Jesús encuentra tiempo y lugar para orar. Hace los planes necesarios para poder estar solo. Despidió a la gente pero después de haberle dado de comer. Sin embargo aunque ha despedido a la gente, no se ha separado de ella, de sus problemas, de sus dificultades. A través de la oración Jesús está cerca del Padre y cerca de los hombres. Todo Él con el Padre y todo Él con los hombres.

Y junto a la plegaria de Jesús, el evangelista prosigue: “Entretanto la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían porque el viento era contrario. A la madrugada Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua, se espantaron y decían: ¡Es un fantasma! y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

En la Biblia la lluvia, la tempestad y la noche son símbolos de inseguridad, de angustia y de muerte. Las aguas son el símbolo de la furia, de las fuerzas del mal, de la sed de venganza y pasión. Tener dominio sobre el mar es prerrogativa de Dios. No sólo Jesús camina sobre el mar sino que también a Pedro que le pidió: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”.  Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a andar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y comenzó a hundirse y gritó: ¡Sálvame, Señor!

La Iglesia, cada uno de nosotros, caminamos como en un mar; las cargas desproporcionadas que llevamos encima, los miedos al fracaso, a enfermar, a morir, a los vientos contrarios de la hostilidad y la incomprensión de las personas… Jesús nos enseña el secreto de cómo derrotar al miedo: es con la oración. Una oración que nos lleve a liberarnos de todo eso que nos pesa, que nos empuja hacia abajo (preocupaciones obsesivas). Una oración que nos lleve a experimentar lo que muchas veces decimos: “Nuestra vida está en las manos de Dios”, “Dios proveerá” “Que sea lo que Dios quiera”. Una oración que nos lleve a confiar permanentemente en Jesús y que si en momentos críticos aflora el miedo y sentimos que nos hundimos, nos lleve a gritar como Pedro: ¡Sálvame, Señor!

Cada uno sabemos cuáles son las “tempestades” y los “oleajes” que nos impiden confiar plenamente en Jesús, que nos paralizan y nos asustan, que nos provocan miedos y dudas. A nosotros también Jesús nos sostiene si  extendemos la mano hacia Él.  Jesús nos hace caminar hacia adelante si ponemos en Él nuestra mirada. No deja que nos hundamos. Así podremos decir postrados con los apóstoles: ¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!

Hermanos, preguntémonos: ¿Qué es lo que más me hunde e impide que camine hacia el encuentro del Señor? y ¿Cómo es mi oración?

Les bendigo a todos…