Pentecostés – Ciclo A – Mons. Cristóbal

Domingo de Pentecostés

Ciclo A  –   4 de Junio de 2017

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán

Envía Señor tu Espíritu a renovar la tierra. Aleluya” (Salmo 103)

Estamos en el día 50 de la Pascua. Celebramos la venida del Espíritu Santo “sobre aquellos a quienes adoptaste como hijos” -nos dice el prefacio- “para llevar a su plenitud el misterio pascual”.

Escuchemos lo que nos dice el Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hech 2,1-11): “El día de Pentecostés todos los discípulos estaban reunidos en el mismo lugar. De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte… entonces aparecieron lenguas de fuego que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas…”

Unas lenguas como llamaradas, un fuego que enciende a cada uno de los que se encontraban allí y que hace que empiecen a iluminar a su alrededor. Un único lenguaje, el del amor, es el que hablan unánimemente y el que entienden los que escuchan. Así la división perversa de la babel de los hombres ha sido desecha por la conversión al Espíritu divino. El viento es el aliento recreador que renueva la faz de la tierra. El fuego lo ha purificado todo, pero sobre todo ha dado luz que ilumina la vida de los hombres. Y la luz no se puede esconder.

La descripción geográfica que hace Lucas de los lugares de procedencia de todos los que estaban allí el día de Pentecostés muestra cómo la luz es imparable, llega a todas partes, eran “venidos de todas partes del mundo”.

 

El don del Espíritu Santo que recibimos, como la luz, nunca es para uno mismo sino que siempre es “para el bien común”, nos dice el apóstol en la segunda lectura (1Co 12,3-7.12-13). El Espíritu ha hecho y quiere seguir haciendo la maravilla de igualar, de unificar en una nueva comunidad que tiene su fundamento en Jesucristo. Formamos un solo cuerpo, el Cuerpo de Jesucristo. Dejarse llevar por este Espíritu es vivir en comunión y si no es así, es decir, cuando nos conduce nuestro propio espíritu, inmediatamente empieza la división. Recordemos lo que nos dice San Pablo: “Y todos hemos bebido de un solo espíritu

En el Evangelio (Jn 20,19-23), Juan, el discípulo amado del Señor, coloca el regalo del Espíritu Santo en la tarde del mismo día de la resurrección para hacernos entender que el Espíritu Santo es el don más importante de Cristo Resucitado: “Estando las puertas cerradas… se presentó Jesús y les dijo: la paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado así también los envío yo. Después de decir esto sopló sobre ellos y les dijo: reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados les quedarán perdonados”. Es pues el Espíritu Santo un don a favor de los demás, a los apóstoles se les da para que perdonen los pecados de los hombres. Y es precisamente con el perdón como se crea una disponibilidad a convivir con los demás, renunciando al propio egoísmo. Venciendo en nosotros al pecado, el Espíritu nos lleva a la “eclesialidad”.

En medio de un mundo que desconoce el perdón y que vive de la venganza, el Espíritu, que es Perdón, nos envía a perdonar. La comunidad cristiana ha de ser signo e instrumento de perdón

¿Qué esperamos, pues, para perdonar? Que la Santísima Virgen María con su ejemplo e intercesión nos ayude a vivir perdonando siempre.

Les bendigo a todos…