VI Domingo de Pascua – Ciclo A- Mons. Cristóbal

VI Domingo de Pascua – Ciclo A

21 de Mayo de 2017

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán.

Nos estamos acercando a la fiesta de Pentecostés y la liturgia comienza a prepararnos a ella.

En la primera lectura (Hech 8,5-8.14-17) escuchamos que en Samaria, por la predicación de Felipe, diácono, muchos creyeron y fueron bautizados: y “los Apóstoles que estaban en Jerusalén enviaron allá a Pedro y a Juan. Al llegar oraron por los que se habían convertido para que recibieran al Espíritu Santo. Entonces Pedro y Juan impusieron las manos sobre ellos y recibieron el Espíritu Santo”. Preanunciaban así nuestro actual Sacramento de la Confirmación.

En el Evangelio (Jn 14,15-21), Jesús habla a los discípulos del Espíritu Santo con el término característico de “Paráclito”: “Si me aman cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y Él les dará otro paráclito, para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de Verdad”. Paráclito es un término griego que significa consolador, defensor o ambas cosas a la vez. La Iglesia entera después de Pascua ha hecho una experiencia viva y fuerte del Espíritu Santo como consolador, defensor y aliado en las dificultades externas e internas

En los primeros siglos, en las persecuciones, procesos y condenas se ve en el Paráclito sobre todo al “abogado y defensor divino”  contra los acusadores humanos, asiste a los mártires y ante los tribunales él pone en sus pocas las palabras que nadie puede contradecir. Saliendo de la era de las persecuciones se traslada el acento y el significado predominante del Paráclito, llega a ser el consolador en las tribulaciones y angustias de la vida. El evangelista Juan sobreentiende que Jesús es el primer abogado defensor, de hecho en los capítulos anteriores lo presenta en permanente auxilio, defensa de la gente (de unos novios en Caná, del paralítico, de las multitudes que sacia con la multiplicación de los panes, de la mujer adúltera, del ciego de nacimiento, de su amigo Lázaro…) “Rogaré al Padre y Él les dará otro Consolador”. El consuelo viene de Dios que es “Padre de toda consolación”. Viene sobre quien está en la aflicción; pero no se detiene en él. Su fin es logrado cuando quien ha experimentado el consuelo se sirve, a su vez, de él para consolar a otros. Cuando el apóstol Pablo exhorta “Consuélense mutuamente” (1Tes 5,11), es como si nos dijese: “Háganse paráclitos los unos de los otros”.

Si el consuelo que recibimos del Espíritu Santo no pasa de nosotros a los demás, si lo guardamos egoísticamente sólo para nosotros, el consuelo bien pronto se corromperá. De ahí que San Francisco de Asís orara diciendo: “Señor que yo no busque ser consolado, sino consolar… ser amado, sino amar…”

Si los cristianos estamos llamados a ser otros Cristos, me parece que también hemos de ser otros paráclitos. Los paráclitos de hoy se inclinan a atender las necesidades de los demás, por ejemplo: quien se inclina sobre los enfermos terminales, los que se preocupan de aliviar la soledad de los ancianos, los voluntarios que dedican su tiempo a visitar los hospitales, los que se dedican a atender a los niños víctimas de todo género de violencia dentro y fuera de casa, los que se hacen voz de los que no tienen voz… ¿De quiénes somos “paráclitos”?

Nosotros, los sacerdotes y religiosos, debemos ser paráclitos, esto es, instrumentos de consolación del Espíritu, de la esperanza, del perdón sacramental. Que siempre escuchemos el mandato que Dios daba a sus profetas en el Antiguo Testamento: “Consuelen, consuelen a mi pueblo” (Is 40,1)

Invito a todos a que recitemos los versículos de la secuencia de Pentecostés, en donde el Espíritu Santo es invocado como perfecto consolador: “Ven Espíritu divino, fuente del mayor consuelo gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos…”

Les bendigo a todos…