La Ascención del Señor – Ciclo A – Mons. Cristóbal

La Ascención del Señor

28 de Mayo de 2017 – Ciclo A

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán

Hoy, domingo de la Ascensión del Señor, nos dice la 1ª. Lectura (Hech 1,1-11) “Hombres de Galilea, ¿qué hacen allí parados mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo volverá como lo han visto alejarse”. “El cielo” no representa aquí un espacio geográfico, donde Cristo estaría con el Padre; es más bien un símbolo para expresar la glorificación plena de Cristo, su nuevo modo de existir, liberado de los lazos de la temporalidad y la espacialidad.

Esas palabras nos han de transmitir un doble impulso: por un lado, una llamada hacia el cielo, a donde Cristo subió gloriosamente y “está sentado a la derecha de Dios”  (Mc 16,19), por otro lado, un llamado de atención a vivir nuestra situación de creaturas, muy vinculados con la historia y con la pesadez de la vida cotidiana. Nos quiere decir que la debida y apasionada búsqueda de “las cosas de arriba” no debe ser una evasión de las cosas de acá abajo. La nostalgia del cielo -nuestro verdadero cielo es Cristo resucitado- y de nuestra asociación a su vida gloriosa es lo que quiere despertar en nosotros la fiesta de la Ascensión; no para hacernos desertar de la tierra sino para decirnos que nuestra meta está en otra parte.

Al fijarnos en el Evangelio de Mateo (Mt 28,16-20), vemos que más que describir la Ascensión del Señor, la sugiere. El evangelista se mantiene fiel a su tema de fondo, anunciado desde el principio: “El Dios con nosotros” (Mt 1,23), donde a José se le anunció el “Emmanuel”. Y precisamente este Evangelio termina con “…y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. La imposibilidad, desde entonces, de ver a Cristo con nuestros ojos, sustancialmente no cambia nada: Dios permanece con nosotros. No sucede como con los grandes de la tierra: llegada, permanencia y partida. Sino: venida y presencia continuada.  Jesús es el eterno presente. No se ha ido, ha cambiado su forma de estar con la gente. No nos ha abandonado en nuestro caminar. Estemos seguros: no andamos solos, Dios se ha hecho nuestro eterno y seguro compañero de camino. Es seguro que nunca nos dejará solos, y cuánto bien nos hace el tener presente esta certeza ya que muchos discípulos suyos nos movemos en medio de la inseguridad, donde se siguen multiplicando los crímenes, los secuestros. Es reconfortante escuchar del Maestro que envía a sus discípulos: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan pues y hagan discípulos a todos los pueblos… bautizándoles y enseñándoles…” Para Mateo más que la partida del Maestro es la partida de sus discípulos: “Vayan” -les dice-. Ya no es suficiente decir “Dios con nosotros”, es necesario ir a decir “Dios con ustedes”.

La misión de Jesús es ahora la misión de la Iglesia, que no es una misión de conquista terrena sino una apertura a todos los grupos humanos sin hacer ninguna discriminación. Y porque Jesús tiene “poder”, todos los hombres son invitados a poner su propia existencia bajo la autoridad del Maestro. Los enviados por Jesús somos discípulos que habiendo constatado que la enseñanza de Jesús transforma existencias, hacemos partícipes a los demás de esa experiencia, “enseñándoles a cumplir todo lo que Él nos ha mandado”.

Preguntémonos: ¿Qué estoy haciendo y qué más puedo hacer para compartir esta experiencia de discípulos del Maestro?

Les bendigo a todos…