II Domingo de Pascua Ciclo A – Mons. Cristóbal

II Domingo de Pascua

Ciclo A   –   23 de Abril de 2017

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán

 

El Evangelio de este domingo (Jn 20,19-31), de la Divina Misericordia, nos dice que: “Al anochecer del día de la Resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: la paz esté con ustedes”. Y el texto evangélico dice que “Ocho días después, estando reunidos los discípulos a puerta cerrada, y Tomás estaba con ellos, Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: ‘La paz esté con ustedes”. Acababa de nacer el domingo, el día del Señor. Desde entonces los discípulos saben que cada ocho días el Señor se presenta en medio de ellos para darles el espíritu y la paz. Cada domingo es Pascua. Ya no celebran la Pascua sólo una vez al año como lo hacían los judíos. Pascua es cada domingo. Se han de reunir y cuando lo hacen, el Señor les sale al encuentro. Lo han de escuchar: es su Palabra. Y han de partir el pan con alegría y de todo corazón.

Así lo señala la primera lectura (Hech 2,42-47): “Todos los que habían sido bautizados eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones”. Su comunidad sólo tiene sentido si el Señor “está en medio”. El centro de todo es la Pascua, el Domingo, la Palabra, la Eucaristía… En definitiva: ¡El Señor Resucitado!

Con la presencia del Resucitado los discípulos pasan de la crisis del miedo, que les hacía tener las puertas cerradas, a la paz. El miedo únicamente puede venir de creer que sólo yo me puedo salvar y por esto me he de proteger buscando seguridad y acabar creyendo que las puertas me protegerán. El miedo deriva de ponerme yo mismo en el centro de mi vida y de confiar sólo en mis propias fuerzas. Dejemos que el Resucitado ocupe el centro de nuestra vida, Él nos librará de toda obsesión por nuestras seguridades. Es entonces cuando nos dará la paz que nuestro corazón busca de manera inquieta desde siempre. Tomás aún tiene miedo porque no se ha encontrado con el Señor, pero además teme creer porque sabe que creer lo hará perder todas aquellas seguridades que había construido en su vida: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi mano en su costado no creeré”. El encuentro con el Resucitado le hace vencer sus temores y suscita su profesión de fe: “Señor mío y Dios mío”. Cristo Resucitado proclama aquella bienaventuranza que nos afecta a todos: “Dichosos los que creen sin haber visto”.

Hermano: te pregunto: ¿Qué haces del domingo, el día del Señor, Pascua semanal? ¿Experimentas la presencia del Resucitado en la celebración de la Eucaristía?

Les bendigo a todos…