Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor – Mons. Cristóbal

Domingo de Pascua

Ciclo A   –   16 de Abril de 2017

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán

Hoy no es un día cualquiera. ¡Es Pascua!

El Salmo nos invita a cantar: “Este es el día del triunfo del Señor. Aleluya”. (Sal 117).

Como creyentes nos pueden surgir preguntas tales como: ¿Se puede celebrar la Pascua de Resurrección cuando en buena parte del mundo es viernes santo? Niños y personas inocentes eliminados con armas químicas… contraataques con misiles… En nuestras tierras: personas, grupos armados que a muchos atemorizan, secuestros y crímenes… ¿Es posible la alegría cuando tanta gente sigue crucificada? Enfermos, ancianos abandonados, niños que no tienen el derecho de nacer, son abortados y se les impide ver la luz de este mundo… Emigrantes que son juzgados como delincuentes por el hecho de querer trabajar y obtener honestamente el pan para los suyos…

¿Acaso sólo podríamos vivir en la alegría en un mundo sin llanto ni dolor? ¿Tendríamos que dejar nuestros cantos y fiestas hasta que llegue un mundo feliz para todos y reprimiendo nuestro gozo para no ofender el dolor de las víctimas? Cierto que no podemos celebrar la Pascua de cualquier manera. La alegría pascual no tiene nada que ver con la satisfacción de unos hombres y mujeres que celebran complacidos su propio bienestar, ajenos al dolor de los demás.

La alegría de la Pascua no es una alegría que se vive y se mantiene a base de olvidar a quienes sólo conocen una vida desgraciada. En la alegría Pascual, estamos alegres, no porque han desaparecido el hambre y las guerras, ni porque han cesado las lágrimas, sino porque sabemos que Dios quiere la vida, la justicia y la felicidad de los desdichados. Nuestra alegría es porque al resucitar el Padre a su Hijo Jesucristo se está declarando a favor de la vida no de la muerte, a favor de los inocentes no de los verdugos, del amor y no del egoísmo. Por eso la Resurrección no se predica como una enseñanza sino que se proclama como una buena noticia para todas las personas.

Con la Resurrección de Cristo se abre la esperanza firme de que el triunfo de la muerte no es definitivo, los que matan al hermano no son los héroes de la historia y el mal no tiene la última palabra; se puede y podemos mejorar la realidad. La Resurrección es la garantía de que todas las personas estamos llamadas a ella. Nuestra alegría pascual se alimenta de esperanza. Por eso no olvidamos a quienes sufren, al contrario nos dejamos conmover y afectar por su dolor. Saber que Dios hará justicia a los crucificados no nos vuelve insensibles, nos anima a luchar contra la insensatez y la maldad hasta el fin de los tiempos.

No olvidemos que cuando huimos del sufrimiento de los crucificados no estamos celebrando la Pascua del Señor sino nuestro propio egoísmo. El apóstol nos dice: “Pongan todo su corazón en los bienes del cielo, no en las de la tierra” (Col 3,1-4), de tal manera que se note por la luz en nuestro interior y en nuestra vida que celebramos la Pascua. La alegría que nos da el Resucitado no nos la puede quitar nadie. Seamos testigos y agentes comprometidos con nuestra realidad para que vaya siendo más un entorno de vida y no de muerte.

Les bendigo a todos.