V Domingo de Cuaresma Ciclo A – Mons. Cristóbal

V Domingo de Cuaresma

Ciclo A – 2 de Abril de 2017

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán

Toda la narración del Evangelio, desde la enfermedad de Lázaro, su muerte, la pena de Martha y María, preparará estas dos expresiones centrales de Jesús: la primera que marca todo el relato: “Yo soy la resurrección y la vida”  y la segunda: “Lázaro sal de ahí” (Jn 11,1-45).

 En medio de los símbolos de la muerte -profundo dolor, una audiencia escéptica e impaciente, el hedor de la muerte y las vendas que atan- Jesús habla y actúa, y la vida se presenta.

El anuncio profético de Ezequiel en la primera lectura (Ez 37,12-14) que dice: “Cuando abra sus sepulcros y lo saqué de ellos, pueblo mío, ustedes dirán que yo soy el Señor. Entonces les infundiré mi espíritu y vivirán”. Tal profecía se realiza en la acción de Jesús.

La resurrección de Lázaro es sólo una probadita de lo que significa la vida, la resurrección. La muerte es real, es segura e inevitable… Sin embargo, para quien cree, también la resurrección es segura y real: “El que cree en mí aunque haya muerto vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre, dice el Señor”. Es la fe en el Señor Jesús la que abre a los hombres la participación en su resurrección y su vida.

Después de orar a su Padre Jesús grito con potente voz: “Lázaro sal de ahí”. Es el grito de Jesús Resucitado a toda la humanidad; la llamada a salir del sepulcro muerto de su encierro, de la incapacidad de amar y de vivir; salir del sepulcro de la desesperanza; salir del sepulcro de la tibieza, de las rutinas; salir fuera del sepulcro de la tristeza, de la soledad, del desánimo vital; salir fuera del sepulcro de los dolores y sufrimientos, de las enfermedades y los fracasos, de las marginaciones y complejos. Jesús nos sigue gritando a todos para que salgamos de nuestros sepulcros, de esos abismos profundos y amargos de la existencia. Jesús, por último, les dijo: “Desátenlo para que pueda andar”, es la palabra dicha al hombre esclavizado por las ataduras del pecado y de la muerte, para que pueda avanzar por los caminos de la verdad y de la vida.

A todos nosotros, sus discípulos, sacados fuera de nuestros sepulcros y liberados de toda atadura, Jesús nos dice: “Curen enfermos, resuciten muertos” (Mt 10,8) ¿Cómo hacerlo? Recordemos lo que dijo el padre en la parábola del hijo pródigo: “Estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Hermanos: Si enterrar muertos es una gran obra de misericordia, cuánto más grande será la de “resucitar a los muertos”, muertos del corazón, muertos espirituales, porque nuestro Dios es un Dios de vivos, es el Dios de la vida que tiene poder para darla.

Preguntémonos: ¿Qué podemos hacer  para resucitar muertos?

Les bendigo a todos…