IV Domingo de Cuaresma – Mons. Cristóbal

IV Domingo de Cuaresma  – Ciclo A

26 de Marzo de 2017

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

Ante un ciego que encontró en el camino, Jesús exclama: “Mientras esté en el mundo, soy la luz del mundo” (Jn 9,1-41). El ciego de nacimiento no sabe lo que es la luz. Nunca la ha conocido. Su destino es vivir en las tinieblas. Tiene la fortuna de que aquel que vino al mundo para ser luz pasara por ahí y sin ninguna petición previa “Jesús escupió en el suelo, hizo lodo con saliva, se la puso en los ojos al ciego y le dijo: ve a lavarte a la piscina de Siloé. Él fue, se lavó y volvió con vista.”

A lo largo de la narración podemos observar cómo el ciego va progresando en su conocimiento de quien le dio la luz a sus ojos. A los interrogantes sobre quién lo curó, primero responde:  “El hombre que se llama Jesús, hizo lodo…”  ¿Y qué piensas sobre él?, fue la siguiente pregunta: “Qué es un profeta”, respondió.

En fin, después de que los fariseos lo han expulsado de la sinagoga e insultado por haberse atrevido a defender lo efectuado por Cristo, el ciego se encuentra de nuevo con Jesús y esta vez, ante la autorrevelación de Jesús, le grita: “!Creo Señor!,  y postrándose lo adoró”. Lo reconoce como su Señor y su Dios. Jesús no sólo dio la luz a los ojos del cuerpo, sino también comenzaron a abrirse unos ojos distintos, los de la fe. Esa piscina de Siloé nos hace pensar en las aguas del bautismo, el cual en la antigüedad era llamado “iluminación” y ser bautizados era como ser “iluminados”.

El ciego del Evangelio, a decir del apóstol Pablo en la segunda lectura (Ef 5,8-14): “Hermanos: en otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora unidos al Señor son luz. Vivan por tanto como hijos de la luz. Los frutos de la luz son: la bondad, la justicia y la verdad… Todo lo que es iluminado por la luz se convierte en luz”. Así pues la luz que es Cristo puede redimirlo todo porque tiene el poder de rescatar a los que se encuentran en la oscuridad, en una terrible soledad y sin esperanza.

Al leer y meditar el párrafo del Evangelio queda la sensación de que el problema grave no es el ciego, su ceguera, son los otros. Para Jesús curar al ciego resulta relativamente fácil. Para el ciego le bastó el milagro. Para los otros el milagro no vale para nada, al menos mientras continúen diciendo: “nosotros vemos”. La narración se abre con un sólo ciego en escena y se cierra con el escenario abarrotado de numerosos ciegos incurables; Jesús no puede, valga la expresión, “milagrear” a los que pretenden ver cerrando los ojos a la luz, Jesús no puede hacer que vean a los que se cierran a la luz del amor, de la paz, del perdón, de la esperanza y se encierran en sus seguridades de autoafirmación, de poder, de riqueza y de egoísmo.

El Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año nos subraya que “el pecado ciega” y haciendo alusión al apóstol Pablo (1Tim 6,10) donde dice: “La codicia es la raíz de todos los males”, nos señala el Papa: “Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera”.

Hermanos, si la luz lo puede redimir todo: ¡Dejémonos iluminar por la radiante luz que es Cristo!

Les bendigo a todos…