III Domingo de Cuaresma – Mons. Cristóbal

III Domingo de Cuaresma  – Ciclo A

19 de Marzo de 2017

Mons. Cristóbal, Obispo de Apatzingán

La Cuaresma es el camino de esperanza hacia la libertad que Dios nos regala en Cristo.

En la Palabra de Dios (Ex 17,3-7), vemos hoy cómo la liberación de Egipto ha llevado al pueblo de Dios al desierto que, desde luego, no es un lugar de bienestar, es el país de la sed. Toda liberación implica renuncias. Allí el agua sólo se puede pedir a Dios. Los judíos la han pedido pero en un tono equivocado: protestando, añorando la esclavitud de Egipto que les proporcionaba las garantías mínimas de vida, comida y agua; han puesto una prueba a Dios en el desierto diciendo: “¿Está o no el Señor en medio de nosotros?” Ha sido más un desafío que una petición. Sí, tenían necesidad de agua pero más de creer… La respuesta de Dios es áspera y decisiva: una orden a Moisés: “Golpea la piedra y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”. Y una promesa: “Yo estaré ante ti”. El Señor sostiene la vida a pesar de que el pueblo lo haya puesto a prueba. Aún hoy, mucha gente busca la vida, la justicia, la paz, la libertad, acude a Dios y en medio de tanto sufrimiento y decepción, se pregunta: ¿Por qué Dios no interviene a favor, al menos, de los más débiles, de los perseguidos injustamente, de las víctimas, ¿Cómo es que Dios calla ante tanto sufrimiento?.

En el Evangelio (Jn 4,5-42), tanto la mujer samaritana que va al pozo por agua como Jesús que le dice: “Dame de beber”, tienen necesidad de otra cosa. Jesús tiene necesidad de quitar la sed, su hambre es la de saciar. La samaritana aunque fingía tiene necesidad de otra cosa: de felicidad y de vida verdadera. Ella ha vivido con 5 hombres, signo de búsqueda inacabable y estéril de una felicidad que siempre se escapa, el agua que nunca apaga su sed. Jesús se pone ante ella y ante el mundo para revelar cuál es la verdadera agua para la sed humana: es el espíritu de Dios que vive Él del todo y que nos lo ofrece sin medida. Es el espíritu de amor, de desprendimiento, de libertad, de pobreza, de confianza total en Dios. No es cierto que Dios se haya alejado de los hombres; es falso que Dios calle ante nuestros sufrimientos y nuestros anhelos. Él está, y habla y se da sin límite a todos y a cada uno. No da, sin embargo, el agua que pedimos. Da agua auténtica, Pan verdadero; es el espíritu de amor, de perdón incluso a los que hacen daño, de entrega confiada a Dios y a los demás, tal como el mismo Jesús hasta la muerte y resurrección. Él es realmente el Agua y el Pan la Palabra de Dios a la humanidad, el Agua Nueva de Dios.

¡Hermanos, si supiéramos de lo que tenemos necesidad! Ciertamente la publicidad y las modas se alían para crearnos necesidades falsas; y desgraciadamente tenemos necesidad de un montón de cosas inútiles. Tenemos necesidad de esas cosas y todos están dispuestos a ofrecérnoslas para esconder nuestras necesidades reales, para no tomar conciencia de lo importante, de lo esencial. La samaritana, al conocer el don de Dios en Jesucristo, con verdadera libertad: “Dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho…Él es de veras el Salvador del mundo” Ella es símbolo de la Iglesia, de todo el pueblo de Dios que, sacado de las tinieblas a la fe, de pueblo liberado nos convertimos en Pueblo evangelizador.

Llevemos a todos la buena noticia de que Dios está con nosotros, se preocupa de nosotros, nos acompaña, nos sacia del Pan de Vida y del Agua que nos conduce hasta la vida eterna.

Les bendigo a todos…