VIII Domingo Ordinario – Ciclo A- Mons. Cristóbal

VIII Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A  – 26 de Febrero de 2017

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán.

La palabra de Dios hoy nos quiere llevar a que digamos desde el corazón con el salmista: “Sólo en Dios he puesto mi confianza” (Salmo 61).

Jesús, en el Evangelio (Mt 6, 24-34), quiere que elijamos:

1.- Servir a Dios más que perseguir las riquezas, porque nos dice: “No pueden ustedes servir a Dios y al dinero”.

  1. Confiar en Dios más que en inquietarse por las necesidades: “No se preocupen por su vida pensando qué comerán o qué vestirán”.
  2. Buscar a Dios más que el preocuparnos por el mañana: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y todas esas cosas se les darán por añadidura. No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones”.

Este fragmento evangélico nos exhorta a no preocuparnos de nuestro vestido y nuestra comida, pero no olvidemos que otra cosa es la comida y vestido de nuestro hermano. Porque el mismo Maestro que ha pronunciado las palabras sobre los pájaros que no siembran y los lirios que no tejen, ha pronunciado igualmente: “Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estuve desnudo y me vistieron” (Mt 25,35-36).

¡Es necesario, pues, preocuparse, pero de que coman y sean vestidos quienes tienen necesidad!

¿Por qué será que vamos continuamente en pos de la seguridad que nos dan las posesiones materiales para nosotros? Creo que es porque somos inseguros. Nuestra condición humana, pecadora, es tal que muchas veces nos falta la confianza básica de la fe.

Hoy, Jesús nos presenta el camino para una verdadera paz interior: la confianza en Dios. El amor de Dios no se lo puede uno ganar, ni se lo pueden a uno quitar. Eso sí, lo podemos rechazar por el pecado.

Para fortalecer nuestra fe y confianza en Dios nos ayudará hacer presente la voz de duda por parte de Sión, la ciudad destruida de Jerusalén (Isaías 49,14-15): “El Señor me ha abandonado, el Señor me tiene en el olvido”. Este grito de pena al que muchos de nuestros gritos se asemejan, tiene como respuesta un oráculo portentoso: “¿Puede acaso una madre olvidarse de su criatura hasta dejar de enternecerse por el hijo de sus entrañas? Aunque hubiera una madre que se olvidara yo nunca me olvidaré de ti, dice el Señor Todopoderoso”.

Hermanos: somos objeto de un amor, por parte de Dios, que es mucho más fuerte que el que jamás ninguna madre podría llegar a dar, por más que las madres aman. En la misma medida que vayamos haciendo experiencia de ese inmenso amor de Dios podremos hacer nuestra la total vivencia del salmista: “Sólo en Dios he puesto mi confianza, porque de Él vendrá el bien que espero. Él es mi refugio y mi defensa, ya nada me inquietará… Él es mi roca firme y mi refugio”.

¿Cómo tendría que ser nuestra fe para que al mismo tiempo que no atenta contra la Providencia no nos haga ser atenidos y perezosos?

Les bendigo a todos…