VII Domingo Ordinario – Ciclo A – Mons. Cristóbal

VII Domingo Ordinario – Ciclo A

19 de Febrero de 2017

Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán.

 

En el Evangelio de este día resuena la 1ª. Lectura (Levítico 19,1-2.17-18) donde Dios pide a su pueblo: “Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo”; en el libro del Levítico la santidad se circunscribe básicamente en “No odies a tu hermano, ni en lo secreto de tu corazón… no te vengues ni guardes rencor a los hijos de tu pueblo.  Ama a tu prójimo”. Eso resuena en el Evangelio (San Mateo 5,38-48) pero como en un estéreo, ampliando el sonido, teniendo más alcance, proponiendo para lograr el “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”, proponiendo en primer lugar una actitud muy clara ante la violencia: “Han oído ustedes que se dijo: ojo por ojo, diente por diente. Pero yo les digo no hagan resistencia al hombre malo…” Ante esta ley del Talión que evitaba una venganza desproporcionada pero no fomentaba la reconciliación, Jesús presenta una nueva alternativa ante la violencia, para no resistir al mal con el mal, propone: ofrecer la otra mejilla, dar no sólo la túnica sino hasta el manto y acceder más de la cuenta. Jesús considera que la única manera de evitar la violencia es no prosiguiendo con ella. Lo primero que pide el Señor ante el problema de la violencia es estar totalmente dispuesto a no ejercerla, y es que, quien ejerce la violencia aunque sea en segundo término, en el fondo está cooperando para que siga el espiral. Alguien tiene que cortar con ella a través de la no violencia.

Y para lograr el “Sean perfectos”, Jesús propone también: “Han oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo en cambio les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian…”

Para un judío en tiempos de Jesús “prójimo” era el de su grupo religioso, el de su etnia. Jesús plantea como un imperativo la actitud de amar que va más allá de simpatizar, de tolerar… Es amar hasta el grado de llegar a convivir con el otro como hermano. Es este tipo de amor que abre verdaderas posibilidades de formar una auténtica comunidad humana. La única manera de vencer la maldad es por el amor y no por la violencia misma. El amor a los enemigos coloca al discípulo de Jesús en el camino correcto para llegar a ser realmente hijos del Dios de Jesús que “Hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos”. Hermanos, no pensemos que Dios sea indiferente ante la acción de unos y otros; más bien se muestra la voluntad del Padre de: hacer el bien y vencer el mal a fuerza de bien. Jesús amó a sus enemigos, pero no por ello dejó de estar en desacuerdo con lo que hacían.

Jesús no sólo nos da ejemplo, “muere perdonando a sus enemigos”, sino que además nos entrega su Espíritu en Pentecostés, esto es, nos comunica sus mismas disposiciones, nos infunde con la caridad su misma disposición de amar en nosotros a todos, también a los enemigos. Al Señor que nos manda amar a los enemigos digámosle con las palabras de San Agustín: “Oh Dios, dame lo que me mandas y después mándame lo que quieras”. Lo importante no es lo que sentimos sino lo que queremos, esto es la voluntad profunda, no el instinto.

Los bendigo a todos…