VI Domingo Ordinario – Ciclo A – Mons. Cristóbal

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A – 12 de Febrero de 2017

Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

¡Una llamada a la libertad y a vivir en profundidad!

La 1ª. Lectura (Eclesiástico 5,16-21) inicia así: “Si tú lo quieres puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya”. Partamos de este hecho fundamental: Que en la fe de Israel el mandamiento no es una losa que se imponga a la libertad humana, sino la posibilidad infinitamente rica de escuchar la palabra que viene de Dios, que llena de sentido a las personas, porque detrás de todo está la sabiduría del Señor.

Ninguna imposición, dice: “Si quieres…” La ley nueva no se presenta con un tajante «debes», sino con una serie de invitaciones a la felicidad: “Dichosos… Dichosos los… Dichosos…” Entonces es la hora de decidirse, de elegir: “Delante del hombre están la muerte y la vida; le será dado lo que él escoja”. Nosotros podemos escoger entre lo que lleva a la vida y lo que lleva a la muerte. Por eso Dios no es responsable del mal que existe en el mundo, sino el mismo ser humano;  de Dios procede sólo el bien. El ser humano permanece siempre libre; si Dios interviene lo hace sólo para iluminarlo e invitarlo a una opción libre de fidelidad a Dios. Afirmar la libertad del ser humano no significa afirmar la licitud de cualquier comportamiento, ni eliminar el valor de la ley o de los imperativos de conciencia. De hecho vemos en nuestra realidad cómo donde la vida se vive sin ley se convierte en el mayor ejemplo de una vida malvada, inhumana.

La postura de Jesús frente a la ley antigua nos la presenta el Evangelio de hoy (Mt 5,17-37): “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos sino a darles plenitud”. Ha venido a llevar la ley a sus últimas consecuencias. Es Él el más exigente en cuanto a la ley, no en el sentido de la cantidad sino de la radicalidad. Evita las deformaciones del legalismo y denuncia sobre todo el equívoco del formalismo, donde lo que interesa es sólo la observancia disciplinar, el orden externo. Él va a la raíz y su ética dirige todo hacia el interior del hombre, buscando crear personas fieles a la voluntad de Dios en todo momento. Cristo identifica el pecado, lo desaloja de su escondite más secreto, que es: el corazón del hombre. Y desde ahí propone una justicia superior a la de los fariseos. Esa justicia podemos resumirla así: La voluntad de Dios expresada por la ley y los profetas, exige que el hombre no se preocupe sólo de un cumplimiento exterior de los preceptos sino que adecue su mente y su corazón a los pensamientos y a la voluntad de Dios.

Jesús no cambia lo que era fundamental en los mandamientos de la antigua Alianza, Él da un sentido definitivo a la ley y a los profetas, lo que supone un salto cualitativo en el plano del amor y la salvación que Dios fue desplegando pedagógicamente desde el inicio.

En la predicación y la catequesis cristiana, al proponer los 10 mandamientos hemos de situarlos en el marco del seguimiento de Jesús, de tal modo que vayan gestando aquellas actitudes y obras que, poco a poco, van tejiendo el reino de Dios, como el Señor lo propone en el Evangelio, cuando dice: “Han oído ustedes que se dijo: no matarás y el que mate será llevado ante el tribunal pero yo les digo: todo el que se enoje con su hermano será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano será llevado ante el tribunal supremo y el que lo desprecie será llevado al fuego del lugar del castigo”. El salmista (Sal 118) dice: “Dichoso el que cumple la voluntad del Señor”. Porque queremos gozar de esa digámosle a Dios: “Padre concédenos que con la ayuda de tu Espíritu cumplamos los mandamientos y nos esforcemos en practicar las bienaventuranzas, para vivir como Jesús al servicio del reino”.

Les bendigo a todos…