V Domingo Ordinario – Ciclo A – Mons. Cristóbal

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A – 5 de Febrero de 2017

Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

¿Cómo hay que entender y vivir la verdadera religión?

Isaías, en la 1ª. Lectura 58,7-10, entiende la experiencia religiosa sólo en una vinculación estricta con las necesidades de quienes se encuentran cercas de nosotros: “Esto dice el Señor: comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo…” y he aquí que el resultado de esa nueva espiritualidad es: “Entonces surgirá tu luz como la aurora, cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas”.

La luz es siempre señal de la presencia de Dios, de la gloria del Señor. Dios se encuentra muy cerca de los que viven la vida por y para los demás que tienen necesidad de ellos. La recompensa: “Tu oscuridad será como el mediodía

En el Evangelio (Mt 5,13-16) Jesús, no sólo nos dice: “Ustedes son la sal de la tierra”, sino también: “Ustedes son la luz del mundo”. Si la sal se refiere al testimonio dado por las palabras, la luz la podemos referir al testimonio dado por las obras; nos dice Jesús: “Brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre que está en los cielos”. La luz no sólo ilumina, sobre todo orienta. Pero ¿Qué significa ser luz y alumbrar? Acaso significa ¿brillar por la inteligencia, la cultura, la riqueza, la popularidad? No; Jesús habla de otra luz. No tanto de la que procede de las ideas y está encerrada en los libros, cuánto de la que proviene de las acciones y habla con la vida: “Partir tu pan… vestir al desnudo… hospedar a los sin techo…”

Todas las acciones buenas son luz, pero de modo especial lo son las que se hacen para socorrer al prójimo, a los pobres. La primera forma de solidaridad es acordarse de los pobres. El mayor pecado contra los pobres es, posiblemente, la indiferencia, hacer como no verles. La palabra “pobres” provoca en los países ricos, lo que en los romanos antiguos provocaba el grito de «¡Los bárbaros!», esto es, desconcierto y pánico; y ya desde entonces, lo que ahora en pleno Siglo XXI estamos viendo, se afanaban por construir murallas y enviar ejércitos a las fronteras.

Los pobres tienen necesidad no de nuestros buenos sentimientos, sino de hechos. Creyentes y no creyentes debemos amarlos y socorrerlos. Amarlos significa sobretodo respetarlos y reconocer su propia dignidad. Y a los cristianos se nos añade otra obligación: evangelizar a los pobres, anunciarles la buena nueva de que Dios está con ellos. Esa es la misión de Jesús y la que encomendó a sus discípulos. Sabiendo que “estómago vacío no tiene oídos” Jesús multiplicaba los panes y a la vez también la palabra; es más, primero administra la palabra a veces durante 3 días seguidos y después se preocupaba del mismo modo de los panes. No sólo de pan vive el pobre sino también de esperanza y de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Dichosos los pobres porque de ellos es el reino de Dios, pero recordemos que también lo alcanzarán los que se hagan amigos de los pobres partiendo el pan, vistiendo al desnudo, acogiendo a los sin techo… ¿Quieres ser amigo de los pobres?

Les bendigo a todos…