IV Domingo Ordinario-Ciclo A. Mons. Cristóbal

IV Domingo Ordinario – Ciclo A

29 de Enero de 2017

Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

 

La vida humana es un camino constante de búsqueda de felicidad… Todo mundo busca ser feliz en la vida… El problema radica en dónde se busca la felicidad.

En la 1ª. Lectura (Sofonías 2,3;3,12-13), ante el anuncio de la “gran catástrofe”, el profeta Sofonías no deja de anunciar al resto de Israel la posibilidad de salvarse si se convierte y cambia de actitudes, y les señala: “Busquen la justicia, busquen en la humildad (la no violencia), busquen al Señor”. He ahí el camino de la felicidad.

Las preferencias extrañas de Dios aparecen en la 2ª. Lectura (1 Corintios 1,26-31) cuando el apóstol Pablo profundiza en la sabiduría de la cruz: “Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo para humillar a los sabios; a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes; a los insignificantes y despreciados del mundo, es decir, a los que no valen nada, para reducir a la nada a los que valen; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios”.

Aparecen con plena evidencia esas preferencias de Dios en las bienaventuranzas evangélicas (San Mateo 5,1-12), que abren el manifiesto programático del Reino. Las bienaventuranzas son la propuesta de Jesús ante el hombre en busca de felicidad; son un modelo de vida, unos valores que, según Él, son los que nos pueden hacer dichosos de verdad. Estas son:

  • Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos.
  • Dichosos los que lloran porque serán consolados.
  • Dichosos los sufridos porque heredarán la tierra.
  • Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados.
  • Dichosos los misericordiosos porque obtendrán misericordia.
  • Dichosos los limpios de corazón porque verán a Dios.
  • Dichosos los que trabajan por la paz porque se les llamará hijos de Dios.
  • Dichosos los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Todas estas bienaventuranzas no son más que una variante del tema dominante de la pobreza. Dios no es insensible al sufrimiento de los hombres, Dios no es apático (apatía significa no sufrir). Nosotros de mil maneras vamos evitando la relación y el contacto con los que sufren. Levantamos muros que nos separan de la experiencia y realidad del sufrimiento ajeno. No es frecuente encontrarse de cerca con el rostro perdido de un hombre marginado. Contemplamos el sufrimiento ajeno en forma indirecta, a través de la pantalla de televisión. Corremos cada uno a nuestras ocupaciones sin tiempo a detenernos ante quien sufre. En medio de esta apatía social se hace todavía más significativa la fe cristiana en un “Dios amigo de los pobres”, un Dios crucificado, que ha querido sufrir junto a los abandonados de este mundo.

El mensaje de Jesús es que sólo serán auténticamente felices quienes pongan su confianza en el Señor y que dejen todo lo demás en segundo término. Es una felicidad que va más allá de los placeres o de las satisfacciones más superficiales, una felicidad que apunta al fondo del corazón, a lo más trascendente de uno mismo, una felicidad que apunta a la salvación.

Hermano: para ti, para mí: ¿En qué consiste la felicidad? Acaso, ¿En tener todo? Para nosotros como cristianos, seguidores de Jesús, la felicidad no ha de consistir en poder satisfacer todas las necesidades, sino en tener las menos necesidades posibles que satisfacer. Porque “nuestro corazón no ha de ser ambicioso”.

Les bendigo a todos…