III Domingo del Tiempo Ordinario – Mons. Cristóbal

III Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A

22 de enero de 2017

Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”.

Este es el punto de convergencia entre la 1ª. Lectura (Isaías 8,23-9,3) y el Evangelio (San Mateo 4,12-23): el símbolo de la luz. El pasaje de San Mateo hace ver en la actividad iniciada por Jesucristo la realización de la profecía de Isaías: “Territorio de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos… Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció”.

En la Sagrada Escritura la luz expresa que la presencia divina se hace visible en el mundo; y siempre aparece en contraste con la oscuridad, con las tinieblas que simbólicamente expresan el poder peligroso de la muerte. Quienes andan a oscuras están especialmente expuestos a ésta. La venida de Dios -el poder de la luz- disipa las tinieblas y permite el bienestar. Un mundo sin Dios nos dejaría permanentemente amenazados. La luz de Dios crea posibilidades que antes no existían. El resultado del resplandor de Dios nos lo señala el mismo profeta y precisamente cuando ya toda esperanza había sido abandonada, nos dice: “Engrandeciste a tu pueblo, e hiciste grande su alegría. Se gozan en tu presencia como gozan al cosechar… Porque tú quebrantaste su pesado yugo”. La opresión ha sido destruida, lo cual no implica necesariamente la aniquilación de los opresores, sino que estos al ser alcanzados por el resplandor divino: “ven”, ya que estaban ciegos y al ver retiran el yugo que pesa sobre el pueblo.

La luz brilla en la persona de Jesús y muy en concreto resplandece en su palabra y en su acción; veamos: ¿Qué predica? ¿Qué dice? “Conviértanse porque ya está cerca el Reino de los Cielos”, la conversión significa dejar las seguridades y rutinas para llevar una vida de novedad, la novedad del Espíritu. El texto no se refiere a los pecados anteriores, ni a la confesión y remordimiento, sino sólo a un cambio de dirección, a situarse en un nuevo conjunto de valores, cambiar de criterios y de corazón para adecuarlos al plan de Dios. Esto es lo que harán las dos parejas de hermanos llamados al seguimiento de Jesús, quienes, escuchamos en el Evangelio, dejando las redes, la barca y a su padre y lo siguen… Y, veamos, ¿Qué hace Jesús? Nos dice el Evangelio que además de andar enseñando por toda la Galilea también “iba curando a la gente de toda enfermedad y dolencia” Es decir: Teoría y práctica, mensaje verbal y acción. Para que la palabra sea creíble tiene que ir acompañada de obras.

En nuestra misión de evangelizadores nos vemos desafiados a seguir la forma de amar de Jesús que no se acerca a las personas buscando su impropio interés o satisfacción, su seguridad o bienestar. Sólo parece interesarse por hacer el bien, acoger, regalar lo mejor que él tiene. Se pone Jesús al servicio de quienes lo pueden necesitar más. Hace lugar, espacio en su corazón y en su vida a quienes no tienen lugar en la sociedad ni en la preocupación de las gentes. Si como señala el salmo responsorial: “El Señor es mi luz y mi salvación” ¿Cómo vivir este desafío?

Les bendig0 a todos…