II Domingo Tiempo Ordinario Ciclo A – Mons. Cristóbal

II Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A

15 de Enero de 2017

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

Las celebraciones de Navidad nos han hecho sentir a Dios muy cercano a nuestra vida. Ahora en el Tiempo Ordinario, sin dejar de experimentar su cercanía, iremos descubriendo a Jesús: Quién es? Qué dice? Qué hace? y tendremos que ir concretando nuestro seguimiento.

Hoy la Palabra de Dios nos sigue impulsando a la esperanza ¡y vaya que la necesitamos! En medio del exilio del pueblo de Dios en Babilonia, cuando parecía que no había ningún futuro posible, el poeta-Profeta Isaías se atreve a anunciar de parte de Dios: “Tú serás mi siervo Israel, en ti manifestaré mi gloria”. De pronto parece que el siervo es Israel, pero luego se ve que el siervo tiene una misión para con Israel y más allá de ese pueblo de Dios, pues dice: “Es poco que seas mi siervo sólo para restablecer a las tribus de Judá y reunir a los supervivientes de Israel”. La iglesia ha visto en ese poema la imagen del Siervo Jesús cuya misión es, no sólo hacer volver a su tierra a los exiliados sino también, dice: “Te voy a convertir en luz de las naciones para que mi salvación llegue a los últimos rincones de la tierra”.

En el Evangelio escuchamos a Juan el Bautista presentando a Jesús: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. El cordero es símbolo del ser inocente que no puede hacer mal a nadie sino sólo recibirlo. La misión del cordero es la liberación universal, la de quitar el pecado del mundo. Así Dios en su Cordero se muestra no como un controlador implacable de nuestros pecados sino como una mano tendida con ternura, empeñada en quitar el pecado del mundo.

Hablando un poco del pecado: las cosas consideradas pecado no son malas porque Dios haya querido que sean pecado, es exactamente al revés, precisamente porque son malas y destruye nuestra felicidad son pecado, que Dios quiere quitar del corazón del mundo.  Con frecuencia se nos olvida que al pecar no somos sólo culpables sino también víctimas. Cuando pecamos nos hacemos daño a nosotros mismos, nos preparamos una trampa trágica pues agudizamos la tristeza de nuestra vida, cuando precisamente creíamos hacerla más feliz. La experiencia del pecado es amarga. Pecar es renunciar a ser humanos, dar la espalda a la verdad, llenar nuestra vida de oscuridad. Pecar es matar la esperanza, apagar nuestra alegría interior, dar muerte a la vida. Pecar es hundirse en la soledad, negar el afecto y la comprensión. Pecar es contaminar la vida, hacer un mundo injusto e inhumano, destruir la fiesta y la fraternidad.

Cuando Juan el bautista nos presenta a Jesús como el que “quita el pecado del mundo”, está anunciándonos que Dios está de nuestra parte frente al mal. Que Dios nos ofrece la posibilidad de liberarnos de nuestra tristeza, de nuestra infelicidad e injusticia. Que en Jesús Dios nos ofrece su amor, su apoyo, su alegría para liberarnos del mal. Con el perdón se manifiesta la gloria de Dios, la luz y la salvación de Dios llega hasta los últimos rincones de la tierra de nuestro corazón, todo se ilumina.

Les bendigo a todos…