III Domingo de Adviento, Mons. Cristóbal

III Domingo de Adviento

Ciclo A – 11 de Diciembre de 2016

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

“Estén siempre alegres en el Señor, se los repito, estén alegres” (Flp 4,4.5). Con estas palabras de la antífona de entrada inicia la liturgia de hoy. El gozo invade la celebración de este domingo. La Navidad está cada vez más cerca y su luz comienza a envolvernos con su esplendor.

La primera lectura del profeta Isaías (Is 35,1-6.10) es todo un himno a la alegría y el motivo es que: “He aquí que su Dios viene ya para salvarlos”. Nos habla el profeta de la transformación de la creación: “Regocíjate yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores” y, a la vez, una transformación de la humanidad menguada: “Fortalezcan las manos cansadas, afiancen las rodillas vacilantes. Digan a los de corazón opacado apocado: ¡ánimo!, no teman”. Ante nuestros desánimos que nos llevan a ver nuestra vida como desierto, sin fruto alguno, esta Palabra de Dios nos deja la sensación de que una novedad real es posible, que Dios hace lo que el mundo piensa que no es posible. La alegría a la que nos quiere conducir la Palabra de Dios no es superficial o sólo emotiva, sino que es un gozo profundo que no nos toca en lo más íntimo de nuestra persona porque su aliciente no está fuera sino dentro de nosotros. Es la alegría de sentirnos “salvados” por Cristo que viene a nuestro encuentro y nos arrebata de las fuerzas del mal y de la muerte; una alegría donada, más que conquistada.

En este camino de Adviento busquemos a Cristo y encontraremos la alegría, la felicidad. No busquemos la felicidad antes que a Dios y fuera de Dios, porque no encontraremos más que una vana representación.

Es hora de que comencemos a proclamar con más valentía y ardor el alegre mensaje de que Dios es felicidad, que la felicidad y no el sufrimiento, la privación, la cruz, tendrá la última palabra. Que el sufrimiento sirve sólo para remover obstáculos a la alegría, para ensanchar el alma, para que un día pueda acoger la más grande medida posible.

A los discípulos que Juan Bautista envió desde la cárcel a preguntar a Jesús “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”  Jesús les dijo: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo…A los pobres se les anuncia la buena noticia” (Mt 11,2-11) Buena noticia traduce a “Evangelio”. ¡El Evangelio es anuncio de alegría! La humanidad ha terminado por convencerse de tener que escoger entre Dios y la felicidad.  Inconscientemente hemos hecho de Dios al rival, al enemigo de la alegría del hombre. Un Dios envidioso como el de ciertos escritores paganos. Precisamente esta es la obra por excelencia de Satanás el arma que utilizó exitosamente con Eva.

La alegría es como el agua que corre: es necesario procurarla para recibirla. Por eso no sólo decimos con el salmista (Sal 145): “Ven Señor a salvarnos”, sino también: “Vayamos con alegría al encuentro del Señor”.

Preguntémonos: ¿Vivimos en la alegría del Señor? o ¿Somos víctimas de nuestras amarguras?

Les bendigo a todos…