II Domingo de Adviento, Mons. Cristóbal

 

II DOMINGO DE ADVIENTO20150704_150216

Ciclo A – 04 de Diciembre de 2016

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán.

 

Adviento es que Dios viene a nosotros.

De nuestra parte, adviento es el camino que hacemos hacia Dios que viene.

Para andar ese camino, nos anima, hoy domingo, la voz de Juan en el desierto de nuestra vida: “Conviértanse porque ya está cerca el reino de los cielos”. La conversión pide un esfuerzo constante para ir cambiando radicalmente de mentalidad, de disposición interior y de conducta. La conversión no es una cuestión teórica, sino vital, pues nace en el corazón y es en orden a dar frutos: “Hagan ver con sus obras su conversión… Ya el hacha está a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto será cortado y arrojado al fuego”.

Esta conversión es consecuencia de un auténtico arrepentimiento, para ir adecuando la propia vida a la voluntad de Dios, y la voluntad de Dios es nuestra Paz: Voluntas Dei pax nostra”, decía Gregorio Nacianceno. Nuestra conversión, por tanto, nos ha de llevar a dar el fruto de la Paz. El salmista nos lleva a orar diciendo: “Ven Señor, rey de justicia y de paz”. Insistamos con esta súplica porque cuando se da el encuentro entre el hombre y ese Rey sucederá lo que el mismo salmo señala: “La justicia y la paz reinarán era tras era”. Y entonces es cuando la paz mesiánica descrita en la primera lectura, donde parejas antitéticas de animales salvajes y domésticos conviven pacífica y armoniosamente: “Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos”. No pensemos que estas son pura utopía poética. La comunión entre enemigos es posible y es el gran desafío. Eso ha sido realidad plena en Jesús y también verdad entre tantos y tantos participantes de su espíritu. Y nosotros esperamos, “El Señor viene”. La esperanza es conversión del corazón, es fidelidad exigente, confianza segura.

La paz que Jesús da es una paz que el mundo no da. La paz del mundo es una paz conseguida con sucesivas victorias, y ahí hay vencedores y vencidos. La paz de Jesús es del corazón, inicia en el corazón y ésta es la que puede asegurar la paz exterior. El destino de la paz se decide en el corazón del hombre. La receta verdadera de la paz está contenida en una palabra: “conversión”. Convertirse a la paz. La paz verdadera se obtiene sí, “aportando victoria,” como decía César Augusto; pero nosotros decimos: “aportando victorias sobre sí mismo no sobre los demás”.

Hermanos preguntémonos: ¿Cómo está nuestro corazón? ¿Acaso necesitamos confesarnos, volvernos a Dios y a los demás con un corazón nuevo para seguir en el encuentro del Señor?

Les bendigo a todos…