Cristo Rey del Universo. Mons. Cristóbal

XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C

CRISTO REY DEL UNIVERSO

20 de Noviembre de 2016

Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

El año litúrgico es un camino que recorre y actualiza las etapas de la salvación. Hoy llega a su término y desemboca en la solemnidad de Cristo Rey del universo.

El Evangelio de hoy tiene como escenario el Calvario, y en el centro destaca, no un trono majestuoso, sino una cruz, o sea el patíbulo de los esclavos.

Qué diferencia tan grande presenta la primera Lectura en relación al Evangelio, pues ahí David es proclamado rey de todo Israel y se manifiesta la adhesión aquel a quien Dios había dicho: “Tú serás el pastor de Israel, mi pueblo; tú serás su guía”. Ahí hay una investidura real plebiscitaria. En el Monte Calvario la imagen de un rey aclamado, ungido, con cetro y corona, se transforma en un hombre despojado de sus vestiduras, coronado de espinas y clavado en una cruz. Todos los personajes que aparecen en escena tienen su mirada puesta en él y no se guardan sus comentarios: “Las autoridades le hacían muecas diciendo: “¡A otros ha salvado, que se salve a sí mismo!”, los soldados se reían de él y le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. Uno de los malhechores crucificado lo insultaba… sólo el otro ladrón reprende al compañero porque en el momento de la muerte no piensa en Dios y proclama que Jesús es inocente en contraste con su propia culpabilidad, y por último, le suplica confesándolo Rey en el más allá de la cruz: “Señor, cuando llegues a tu Reino acuérdate de mí”. Jesús rompe el silencio y le promete la salvación: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, y aquel se convierte en el primer ciudadano del Reino.

Si David  ha llevado adelante su victoria con la fuerza de las armas de sus bandas guerrilleras, Jesús, por el contrario, aparece sobre la cruz como perdedor. Los otros, sus enemigos, tienen las armas. Donde está la cruz no hay sitio para los signos de la fuerza. Cristo quiere ser reconocido como Rey únicamente a través de una adhesión libre en el amor, sin coacción alguna o imposición.

Aquel Rey vencido por la fuerza pero victorioso en la debilidad del amor no podrá aceptar jamás “el horror de las armas”.

Es significativo el diálogo que intentan, primero los jefes de los judíos y después los soldados, con el crucificado. Usan el lenguaje del poder y desafían a Cristo para que se coloque en el mismo plano de poder. Jesús ni siquiera parece oír ya que se ha comprometido a hablar, no el lenguaje de la política y de la fuerza, usados para salvar la propia vida, sino el lenguaje del amor y del perdón y de la Misericordia. Por eso aquellos brazos, clavados pero abiertos, acogen a cualquiera que esté dispuesto a ponerse a salvo.

Hermanos, si aceptamos que Cristo sea Rey en nuestra vida, hemos de vivir intensamente desde la fe y la esperanza la realidad cotidiana con su dosis de alegría y de tristeza. También nos ha de llevar a prescindir de ciertos aires de grandeza que nos alejan de la sencillez evangélica.

Por eso, preguntémonos: ¿Cristo es Rey y Señor de mi vida? ¿Quién reina dentro de mí: Cristo o algún otro?

Les bendigo a todos…