32 Domingo Ordinario. Mons. Cristóbal

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C – 06 de Octubre de 2016-11-04

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

A 4 días de haber celebrado el Día de los Fieles Difuntos, de quienes se durmieron para este mundo pero para despertar ante el Señor, como nos lo recuerda el Salmo 16: “Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro… Espero saciarme de tu vista”.

En la 1ª. Lectura (2 Macabeos 7,1-2.9-14) encontramos que esa convicción del salmista es la de una familia, 7 hijos y su madre, que ante la represión llevada a cabo por Antíoco IV Epifanes, afrontan la muerte por mantenerse fieles al Señor. Relativizan las torturas, la misma muerte, frente a las exigencias absolutas del “Rey del universo que nos resucitará a una vida eterna”.  Es significativa la declaración del 4º. de los hermanos que torturado y a punto de morir, dice: “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza que Dios nos resucitará”.

En el Evangelio (Lc 20,27-38), el camino a Jerusalén ha llegado a su término.  Jesús pasa los últimos días antes de su Pasión enseñando en el Templo. Allí entra en contacto con dirigentes religiosos de diversas tendencias. Aparecen en escena los saduceos, grupo de la aristocracia sacerdotal, quienes negaban la resurrección de los muertos. Ellos saben que Jesús, al igual que los fariseos y la gran mayoría del pueblo, cree en la resurrección; y para demostrar lo absurdo de esa creencia proponen un caso teórico -aludiendo la ley del “levirato”- con la intención de ridiculizar a Jesús y menguar su prestigio popular. Se trata de la supuesta mujer que se casó con siete hermanos y con ninguno tuvo hijos: “Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella? La respuesta de Jesús: “En esta vida hombres y mujeres se casan, pero en la futura… serán como los ángeles e hijos de Dios, pues Él los habrá resucitado”, desactiva, con esta respuesta, la malicia de la pregunta, dejando bien claro que sí hay resurrección.

Con esa convicción entregó su vida el adolescente José Sánchez del Río, de Sahuayo, Mich., que hace 3 semanas fue canonizado en la ciudad de Roma por el Papa Francisco. El deseaba morir por Cristo, en defensa de la fe, resistió toda la tortura que sobre él descargaban por odio contra la fe y él a cada tormento gritaba: “!Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!”; él creía y lo decía: “Nunca como ahora es tan fácil ganarse el cielo”. Tenía la certeza de que “al despertar contemplaré tu rostro”.

Contra el miedo a la muerte, Jesús opone la esperanza pascual ligada con el Dios de la vida.

Hermanos, la fe que tenemos como un don y la esperanza en la resurrección, ha de motivar en nosotros más que el deseo de prolongar nuestra existencia, el compromiso de vivirla con sentido.

Preguntémonos: ¿Es Cristo, su Palabra y su Vida, lo que le da sentido a la nuestra?

Les bendigo a todos…