XXIX Domingo Ordinario, Mons. Cristóbal

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo  C – 16 de Octubre de 2016

+Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

20160815_132539¿Cómo ha de ser nuestra oración?

En el Evangelio de hoy (Lc 18,1-8), “para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso una parábola…” En ella se pone en escena a dos personajes: el juez y la viuda que reclama justicia. Uno es varón poderoso, injusto y sin escrúpulos. Ella es una mujer pobre, indefensa, totalmente desprotegida; no sólo era un símbolo de impotencia, sino también era una víctima de injusticia y de extorsiones. Gracias únicamente a su infatigable e inoportuna insistencia consigue que el juez le haga justicia.

Jesús utiliza esta historia para hacernos reflexionar sobre la eficacia de la oración dirigida a Dios, con el siguiente razonamiento: “Sí así pensaba el juez injusto ¿Creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche?”

Ante la certeza de que Dios siempre escucha nuestra plegaria, el Evangelio nos dice que hay que orar siempre y además hacerlo sin perder la esperanza.

Que nuestra vida íntima espiritual mantenga una relación sencilla y natural con Dios. La oración forma parte de nuestra identidad. El gusto por la oración nos vendrá, precisamente,  orando y si no oramos Dios comienza a perder calor y color en nuestra propia vida. Hagamos objeto de oración los acontecimientos de nuestra vida o de la comunidad porque no es neutra para Dios. Aprendamos a tratar con Dios las penas y las alegrías de la vida diaria.

Hoy, como siempre, nos vendría bien poner ante Dios nuestras heridas y nuestros gozos para envolverlos de la cercanía amorosa de nuestro Padre. Sin desfallecer, sin rendirse al cansancio y al desánimo, al igual que Moisés con los brazos en alto, en la primera lectura (Exodo 17,8-13) que dice: “Como Moisés se cansó, Aarón y Jur lo hicieron sentar sobre una piedra y colocándose a su lado le sostenían los brazos” para seguir orando,  porque tanto Moisés como el Pueblo de Israel son conscientes de que su fuerza es el Señor. Saben que aquel que los ha salvado del hambre y de la sed durante el camino hacia la libertad también los va a proteger de los enemigos humanos y políticos. Moisés era el intercesor por excelencia: “Invocaba al Señor y Él respondía” (Salmo 99,6)

Hermanos, hoy, en Cristo, a todos nos escucha Dios con mucho amor. Por eso te pregunto: ¿Cómo es tu oración?.

Les bendigo a todos…