31 Domingo del Tiempo Ordinario, Mons. Cristóbal

XXXI Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C – 30 de Octubre de 2016

Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

Escuchemos el ramillete de afirmaciones sobre Dios que nos presenta el autor el libro del Sabiduría (11,22-12,2) al dirigirse al Señor: “Te compadeces de todos… aparentas no ver los pecados de los hombres para darles ocasión de arrepentirse… Amas todo cuanto existe… Tú perdonas a todos porque todos son tuyos”. Es consolador escuchar como el más Poderoso, Dios, es el más benévolo. Pero el hecho de ser poderoso no confiere la capacidad de comprensión y benignidad. Sólo quien mira con amor las personas y las cosas se convierte en espejo de Dios.

Si bien la pedagogía del amor auténtico abarca el hecho de disimular los errores de la persona que se ha equivocado, también incorpora el valor de la corrección. Quien ama disimula, quita el peso al mal cometido. No abruma ni angustia para que le quede a la persona espacio de discernimiento y pueda arrepentirse. Muy buen consejo del Libro de la Sabiduría. Pero también el amor sabe reprender a los que se desencaminan, con tal prudencia y acierto que la persona acaba alejándose del mal: “Por eso a los que caen los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y traes a la memoria sus pecados para que se arrepientan de sus maldades y crean en ti Señor”. ¡Cuántas veces por nuestro estilo inflexible agravamos a menudo la situación!

Nuestro Dios, el Dios de la vida, es un Dios que siempre crea y ama, eternamente confiado con respecto a sus creaturas, apasionado en perdonar. Así lo descubrimos en Jesús en el Evangelio de hoy (San Lucas 19, 1-10), ya cerca de Jerusalén, pasa por Jericó, una ciudad opulenta, inmensa y monumental sobre un fondo de miseria. Comercio, lujo y placer para los ricos, esperanza de limosna para los pobres. Allí acontece el encuentro de Zaqueo con Jesús, aquel era “jefe de publicanos y rico” que sin temor al ridículo corre y sube a un árbol para ver a Jesús cuando pasara por ahí. Pero es visto por el mismo Maestro quien se auto-invita a casa del publicano, del pecador. Quiere liberarlo de todo eso que esconde la vida, la aprisiona. Zaqueo vive “cerrado”, además de por el desprecio de los otros, también por el propio egoísmo, en la propia obsesión de acumular y acumular sin preocuparse del límite entre lo lícito y lo deshonesto.

Cuando en el corazón entra el amor invencible de Dios se rompen las cadenas, sopla un aire de vida, despunta un deseo de liberación.

Se abre una vida nueva para Zaqueo: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien le restituiré cuatro veces más”.

Experimentar el perdón quiere decir encaminarse por un sendero nuevo de alegría y de entrega, que no tiene nada que ver con un puro sentimentalismo o con un compromiso genérico ritual o espiritual. Si el pecado es una realidad que paraliza, el perdón, en cambio, da nueva vida que también se manifiesta en una nueva relación del ser humano con el prójimo. Te invito, hermano, a que nos preguntemos: ¿Realmente me he encontrado con Jesucristo? ¿En qué se nota que estoy en constante encuentro con Él?

Los bendiga a todos