30 Domingo del Tiempo Ordinario, Mons. Cristóbal

30 Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo  C – 23 de Octubre de 2016

+Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

 

Hoy, Domingo mundial de las Misiones, la Palabra de Dios destaca la actitud de humildad y sinceridad en la oración.

Desde la primera lectura (Eclo 35,15-17.20-22) encontramos: “La oración del humilde atraviesa las nubes”, es decir, llega a su destino. El autor del libro del Eclesiástico nos pone alerta para que no nos dejemos engañar por un cierto ritualismo litúrgico, pues nos dice: “El Señor es un juez que no se deja llevar por apariencias. No menosprecia a nadie por ser pobre y escucha las súplicas del oprimido.” Dios se inclina precisamente hacia la oración del pobre, de la viuda, del oprimido, hecha con sinceridad y con sencillez. El ve las verdaderas intenciones del corazón, no se deja corromper por las ofrendas de quien puede tener más dinero. ¡Dios es juez también de la oración!

En la parábola que hoy Jesús propone “sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás”, se pone en evidencia cuál es la única oración que llega a Dios: “Dos hombres subieron al templo para orar, uno era fariseo y el otro publicano”.

El fariseo -¡Ese fariseo!- Encarna un tipo de oración que “no atraviesa las nubes”, tal vez ni siquiera alcance el techo del templo, pues va cargada con el peso de un personaje jactancioso, complacido de sí mismo, vanidoso, dado a la auto-glorificación. Y para admirar mejor su rostro de perfección tiene necesidad del espejo deformante que denuncia y expone al desprecio los defectos ajenos: “No soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros. Tampoco soy como ese publicano…” En vez de hacer un examen de conciencia que lo convertiría en un pobre grato a Dios, hace el examen de autocomplacencia. El cumple, todo, los demás no. Se invierten los papeles entre él y Dios. Ha hecho de Dios un deudor y de sí mismo un acreedor. El ha realizado algunas obras buenas y ahora se presenta ante Dios para recibir lo que le es debido.

“El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo”. Está solo delante de Dios, no se compara con los demás, como hacía el fariseo, sino solamente consigo mismo y con Dios. Viene con el reconocimiento de su incoherencia. No es que se presente ante Dios como alguien que es mal juzgado por los demás y que espera una aprobación de lo alto que lo compense de los agravios. No. El es precisamente quien se reconoce pecador. De su corazón contrito y humillado surge una oración muy breve: “!Dios mío, apiádate de mí que soy un pecador!” Tiene razón Kierkegard, cuando dice: “Lo contrario del pecado no es la virtud sino la fe”, sí, una fe que me hace abrir los ojos sobre mi nada y sobre el todo de Dios, sobre mi miseria y sobre su misericordia.

Jesús termina diciendo: “Yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquel no”. Justificado, es decir, justo, perdonado, estaba en paz con Dios. Había sido hecho creatura nueva.

Hermano: ¿Hasta dónde te renueva el encuentro con Dios en la oración?

Los bendigo a todos…