XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, Mons. Cristóbal

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C – 25 de Septiembre de 2016

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

 

¡La Palabra de Dios no nos permite instalarnos!

No sólo es causa de inseguridad el mundo de violencia en que vivimos, también, y tal vez más peligrosa, la falsa seguridad que denuncia el profeta Amós: “¡Hay de ustedes los que se sienten seguros en Sión… se recuestan sobre almohadones para comer las terneras del rebaño, se atiborran de vino, se ponen los perfumes más costosos, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos!”

 Este tipo de seguridad no es sana porque está infectada de insolidaridad y está instalada en el hedonismo más perverso, que embriaga y lleva a la insensibilidad ante las penurias de los demás.

En el Evangelio, la parábola que dice: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura… y banqueteaba espléndidamente cada día… y un mendigo llamado Lázaro yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico.” Esta parábola no está sugerida por disgusto contra los ricos, ni por el deseo de ocupar su lugar, sino por la preocupación sincera de su salvación. Las riquezas obtenidas con honestidad no dejan de ser signo de la bendición de Dios, pero por nuestro apego e indiferencia ante el hermano necesitado se convierten ellas mismas en causa de condenación.

Jesús no condena la riqueza en sí, sino el uso que se hace de ella; condena el egoísmo desenfrenado que nos hace impermeables a todo sentimiento de solidaridad humana.

El episodio de Zaqueo nos muestra el camino de la salvación para un rico, escuchemos sus palabras: “Mira Señor, la mitad de mis bienes se la daré a los pobres y si de alguno me he  aprovechado le restituiré 4 veces más”. Dar la mitad a los pobres hoy puede significar crear con la propia riqueza fuentes de trabajo, más que llevar los propios capitales al extranjero para no pagar ni siquiera las tazas sobre ellos.

El final de la parábola termina con las palabras del rico desde el lugar de castigo: “Te ruego, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan 5 hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos”.

El rico de la parábola continúa teniendo 5 hermanos en el mundo. Es a ellos a los que la liturgia de hoy les habla por medio de Moisés, de los Profetas (Amós) y sobre todo de Jesucristo, el que ha resucitado de entre los muertos.

La vida eterna (el más allá) se juega en el más acá, en el presente. Este es el único tiempo que tenemos para construir nuestro futuro eterno; y el Evangelio hoy nos dice que ese futuro se juega en la solidaridad con las personas. La vida es demasiado corta, cuando menos esperemos estaremos en los últimos momentos de nuestra existencia.

En nuestra sociedad crece la falta de solidaridad ante el sufrimiento ajeno: se evita el contacto con los que sufren, hay quienes se molestan ante un niño mendigo que encuentra en el camino; los enfermos y los presos cada vez más olvidados; se quiere reducir el hambre, la miseria, la enfermedad a números y estadísticas. Quienes seguimos a Jesús seamos más sensibles al sufrimiento de quienes encontramos en el camino de nuestra vida. Acerquémonos al necesitado y si está en nuestras manos tratemos de aliviar su situación.

Hermanos, pensemos: ¿No somos el rico Epulón de esta parábola, o un poco hermanos de él?

Les bendiga a todos…