XXV Domingo del Tiempo Ordinario, Mons. Cristóbal

XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C – 18 de Septiembre de 2016

+Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán.

“¡Que alaben al Señor todos sus siervos!” (Salmo 112) ¿Quiénes son los siervos del Señor? Los que no se postran ante los ídolos y gozan de la necesaria libertad para el servicio del Señor.

En el Evangelio de hoy (San Lucas 16,1-13) Jesús concluye: En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero”. Servir a Dios es reinar, y el reinado inicia sobre la propia vida.

Hoy la Palabra de Dios pretende conducirnos a que vivamos la libertad ante el ídolo de las riquezas.

En la 1a. Lectura (del Libro del Profeta Amós 8,4-7), que refleja nuestra realidad actual, Amós, el profeta más antiguo de los profetas clásicos, el profeta de la justicia, nos presenta una lista de personas esclavizadas por el afán del tener, son los que “disminuyen las medidas, aumentan los precios, alteran las balanzas, obligan a los pobres a venderse; por un par de sandalias los compran y hasta venden el salvado por trigo”. El profeta que denuncia las trampas, las corrupciones y las injusticias en las ventas y en las transacciones humanas, que van dejando como consecuencia la desaparición de las clases sociales medias, reemplazadas por unos extremos bien opuestos: “Los que lo tienen todo y se olvidan de todo y los que no tienen nada, que son mayorías.” La situación de estas mayorías era tremendamente dura y el Estado no se preocupaba lo más mínimo para mejorarla. Existían grandes injusticias y un contraste brutal entre pobres y ricos.

Volviendo al Evangelio, al encontrarnos con la parábola del administrador infiel, corrupto, no pensemos que Jesús quiera mostrar como modelo la acción injusta del administrador, quien al darse cuenta que iba a ser despedido inmediatamente les dice a los que debían a su amo: “Date prisa, toma tu recibo y haz otro por 50 (barriles de aceite). A otro: Tú haz otro por 80” (sacos de trigo). Lo que el Señor alaba es la habilidad, no la infidelidad del administrador.

Quien se ata al dinero termina alejándose de Dios y deshumanizándose. Cuando alguien entra en la dinámica del ganar siempre más y vivir siempre mejor, el dinero termina sustituyendo a Dios y exigiendo obediencia absoluta, allí ya no reina el Dios que pide amor y solidaridad, sino el dinero que sólo mira al propio interés.

Hermanos, como discípulos del Maestro Jesús no olvidamos que de la vida y de nuestros bienes somos simples administradores. No somos amos. Busquemos una rentabilidad futura de todo lo que hacemos: en nuestra vida de trabajo, en nuestras diversiones, y sobre todo en nuestras atenciones a los más necesitados. En nuestra vida hay hechos y situaciones que están llamadas a la eternidad. Lo que hacemos a los otros no pasa inadvertido, es un gran patrimonio, es nuestra herencia en el cielo.

San Pablo, en la 2ª. Lectura (1 Timoteo 2,1-8), nos invita diciendo: “Hagan oración dondequiera que se encuentren”. Y él se refiere a una oración litúrgica, universal, misionera, liberadora. “Ante todo -nos dice- se hagan oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres y en particular por los jefes de estado y las demás autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, entregada a Dios y respetable en todo sentido”.

Hermano, te pregunto: ¿Tu oración te libera de todos los ídolos que te acechan?…

Les bendigo a todos…