XXII DOMINGO ORDINARIO- Mons. Cristóbal

XXII Domingo Ordinario

Ciclo C   +   28 de Agosto de 2016

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

 

En su camino a Jerusalén Jesús es invitado a comer a casa de un jefe de los fariseos, y mientras ellos estaban al acecho, “espiándolo”, Jesús observa todo lo que ocurría y desde ahí lanza dos enseñanzas: Una dirigida a los invitados: “Pues, mirando cómo escogían los primeros lugares”, les enseña sobre la humildad: “Cuando te inviten a un banquete de bodas no te sientes en el lugar principal… El que se engrandece a sí mismo será humillado y el que se humilla será engrandecido” (san Lucas 14,1.7-14).

La humildad no es ostentación sino que nace del reconocimiento de la propia pequeñez. El humilde es una persona auténtica vive en la realidad y no en la ilusión. Es una persona sobria que sabe valorar objetivamente las cosas; no está ofuscada por los humos de la exaltación. Humildad viene del latín “humus” que significa: tierra, suelo. Humilde es aquel que está en lo bajo, cercano al suelo; y precisamente por esto difícilmente se consigue hacerle perder el equilibrio; tiene los pies sobre la tierra.

Jesús ofrece una regla para la entrada en su Reino: la ambición, el orgullo y la autosuficiencia son actitudes que estorban. La sencillez y la humildad son condiciones ideales para entrar allí, donde “solo los humildes le dan gloria a Dios”. (Eclesiástico: 3,19-21.30-31)

Y la otra enseñanza, dirigida al que invitaba: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos…” Es que invitar a los amigos y parientes es un signo de amor fácil y espontáneo. En cambio, para la mesa del Reino hay otra regla: “Invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos y así serás dichoso porque ellos no tienen con qué pagarte”. La comunidad de Cristo es un lugar de hospitalidad para los excluidos de la sociedad.

El verdadero bien que merece recompensa de parte de Dios es el que mira a la necesidad del hermano, no a la recompensa propia. Porque acoger y hacer el bien a los que nos pueden corresponder del mismo modo sería entrar en un comportamiento permanente de exclusión y de desprecio. Ese comportamiento se rige por el cálculo y la conveniencia. En cambio el comportamiento que propone Jesús se rige por la gratuidad, la generosidad y el deseo de construir una comunidad donde haya favores, servicios, pero no favoritismos; una comunidad en la que haya amigos y hermanos más que aliados.

Preguntémonos: Cuando damos algo o servimos a los demás ¿qué buscamos? ¿El Reino de Dios y su justicia… o la gratificación de mis necesidades?

Les bendigo a todos…