XX Domingo del Tiempo Ordinario

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO –  CICLO C

14 de Agosto de 2016

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

 

¿Cómo entender esta palabra del Evangelio: “He venido a traer fuego a la tierra, y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo. Tengo que recibir un bautismo ¡y cuánto me angustio mientras llega!”?

Jesús sigue en el camino a Jerusalén… en el horizonte ya se vislumbra el signo de la Cruz. Él está dispuesto a realizar en su propia persona la purificación del mundo por medio de un bautismo de sangre, por medio de él quiere encender toda la tierra con el fuego de Dios, la presencia divina y su santidad.

Jesús compara su pasión y su muerte a un bautismo, a una inmersión total en el sufrimiento redentor. Pero muchos no lo aceptaron. Jesús será, pues, un signo de contradicción. Él no quiere engañar a sus seguidores. Los conflictos vendrán solos. El principal obstáculo que pasarán los suyos, y hoy se los anuncia, es la división, una división donde más duele: la división familiar.

Si discernimos con detenimiento, veremos como las luchas antes de estar en el seno de la familia y en la sociedad, están en nuestro interior. Cuántas veces tenemos el corazón dividido. Cuántas veces encontramos en nosotros actitudes y visiones que son totalmente contrarias al Evangelio. Tiene razón Jesús cuando dice que Él no ha venido a traer la paz, porque muy a menudo es el motivo de que nosotros tengamos un corazón siempre inquieto y de que, como decía San Agustín, nunca encuentre una satisfacción plena si no es en Jesús.

Siempre habíamos creído que Cristo, como Príncipe de la paz, era contrario a cualquier división. En estas palabras aparece con claridad que la paz no siempre es un bien y que la división no siempre es un mal.

La paz no siempre es un bien cuando se trata de la paz de la indiferencia o de la paz de los cementerios. Ciertamente en estas no hay tensiones o divisiones; todo en paz. Pero tampoco se puede hablar ahí de vida.

Una muestra de las dificultades que se pueden vivir por la fidelidad a la Palabra de Dios, es la historia del profeta Jeremías (1ª. lectura), que desde el momento que él rechaza asegurar que todo va bien, se le acusa de querer el mal: “Es evidente que no busca el bienestar del pueblo, sino su perdición”.  Es como hoy, ¿quién puede decir que en nuestro país todo va bien? No podemos cerrar los ojos y dejar de ver crímenes y más crímenes, delitos que se cometen y quedan en la impunidad; algunos lograrán ser ocultados, pero otros no.

La tarea del profeta no es fácil, sabemos que todos los bautizados participamos en el carisma profético de Cristo, lo que importa es ser fieles a Cristo, hasta dejarnos bautizar en el bautismo de su pasión y dejarnos incendiar en ese fuego que Él ha encendido, desde lo alto de la Cruz.

Hermanos: Tratemos de liberarnos de otras cargas, pero no de la carga del madero de la Cruz, porque además de para quemar, sirve para no dejar apagar el fuego del Espíritu.

Les bendigo a todos…