XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

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XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

31 de Julio de 2016

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

¿Dónde está la vida? ¿Dónde la felicidad?

Cristo ha venido para hacernos descubrir que Dios nos ama, para enseñarnos la vivencia del amor mutuo. No ha venido para establecer quién tiene razón y quién no, entre dos hermanos que riñen y se despedazan por un puñado de dinero, por la herencia: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia” La misión del Señor está en un nivel distinto al de las disputas mezquinas vinculadas a intereses económicos.

Era muy habitual utilizar a los maestros de la ley como si fueran jueces de paz y mediadores. El problema es muy bien detectado por Jesús y con su mirada profunda de que no es un problema legal sino moral: ¡La ambición!, el Maestro aprovecha la oportunidad para proponer una enseñanza y amonestar a todos: “Eviten toda clase de avaricia”, es decir, ese afán insaciable de poseer más y más.

Jesús presenta una parábola en la que el centro es el soliloquio del personaje: aquel hombre que ya era rico y más que se hizo al lograr una buena cosecha, comenzó a pensar solamente en sí mismo: “Mi granero… mí trigo… mis bienes…”  y del mismo modo sólo para sí las acciones futuras que planea: “Comer… beber… darse a la buena vida…” El hombre de la parábola cae en una contradicción: mientras Dios le ha bendecido, él corresponde mal con acaparamiento, avaricia y egoísmo. En la búsqueda de la felicidad cayó en un error pensando que la felicidad estaba en la adquisición desmesurada y en el disfrute egoísta. Hay un detalle en la parábola: No hay ninguna persona cerca del hombre rico, ninguno en casa, ninguno en su corazón, no hay un rostro, no hay un amigo, no hay nadie. La riqueza crea un desierto de relaciones auténticas; las cosas materiales sofocan los afectos verdaderos, tenemos a un hombre rico en medio de un desierto, solo y para nada feliz, porque la felicidad depende siempre de dos cosas: no puede nunca ser solitaria y tiene que ver con el donar. Se escucha en la parábola la voz de Dios: ¡Insensato!, no porque el hombre sea malo, sino porque es poco inteligente: Ha invertido sobre un producto equivocado, sobre el dinero, y no sobre el amor, sin saber que esa misma noche iba a morir.

“Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico en lo que vale ante Dios”. En el lenguaje evangélico enriquecerse ante Dios significa compartir los bienes con quienes los necesitan al carecer de ellos. Y según la tradición bíblica cuando el justo llega al Reino del Cielo son los pobres que él ha atendido en vida los que lo reciben y acogen. En este año jubilar de la Misericordia redescubramos en las obras de misericordia corporales (Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos), el camino para vivir este mensaje evangélico y escuchar lo que nos dice el Apóstol en la segunda lectura: “Busquen los bienes de arriba donde está Cristo”

¿Y tú, hermano, dónde pones el motivo de tu felicidad?

Les bendigo…