XVII Domingo del Tiempo Ordinario

XVII Domingo del Tiempo Ordinario

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán.

Hoy la Palabra de Dios nos lleva a centrarnos en la ORACIÓN, una de las exigencias fundamentales a nivel individual y comunitario de los discípulos de Jesús. Oración de intercesión en la primera Lectura y oración de petición en el Evangelio.

Abraham, descentrado de sus propios intereses, se ocupa y hora a favor de los habitantes de Sodoma, arquetipo de una ciudad depravada. Abraham se bate, con humildad, pero también con decisión, para que la inocencia de una minoría sea motivo de perdón para todos los pecadores. Abraham no se dirige a Dios de igual a igual. No tiene ni razones ni derechos que alegar. No pretende discutir con su Señor. Se reconoce a sí mismo: “Yo que soy polvo y ceniza me he atrevido a hablar con mi Señor”.

Abraham en ese diálogo descubre que en Dios: “La voluntad de salvar prevalece sobre la de castigar”. Él mismo interrumpe las negociaciones al pedir a Dios poniendo límites: “No se enoje mi Señor. Hablaré sólo una vez más, ¿Y si se encuentran sólo diez?”. Hasta ahí llegó Abraham, no pudo agregar un número más abajo. Ya no será cuestión de contabilidad y de lógica humana. Se deberá llegar a UNO, pero será Dios mismo el que realice esa operación imposible. El Hijo de Dios será el “UNO”, el único inocente que expiará y obtendrá la salvación para la multitud. Nos lo recuerda Pablo en la segunda Lectura: “Ustedes estaban muertos por sus pecados… pero Dios les dio vida nueva con Cristo, perdonándoles todos los pecados”.

En el Evangelio la perspectiva de oración cambia. No se trata ya de apelar -como Abraham- al juez de todo el mundo, sino a un Dios que es Padre, más aún “ABBA” = PAPÁ.  Ya no se pondrá en la balanza el peso de los “justos”, sino nuestra condición de “hijos”.

El Padre Nuestro se convierte en la “oración tipo” de los hijos que osan pedir todo al Padre para la realización de su Reino y para cuanto afecta su vida precaria aquí abajo. Piden y se comprometen al mismo tiempo no sólo se limitan a esperar sino que colaboran.

Se nos hace una fuerte invitación  a la confianza y a la insistencia, con la certeza de ser escuchados: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá…” Seremos escuchados no ciertamente en los tiempos y los modos que fijamos nosotros. Dios nos escucha pero a su modo, o sea, según su generosidad infinita de Padre, no a nuestro modo, que siempre es reductivo respecto a los proyectos divinos.

Oremos a nuestro Papá Dios diciendo: “Venga tu Reino”, que no reinen en el mundo la violencia y el odio destructor. Que reine Dios y su justicia. Que no reinen los poderosos sobre los débiles, que no domine el esposo a la esposa, que se adueñe del mundo la verdad, que se abran los caminos a la paz, al perdón.

“¡Papá,  perdónanos!”. El mundo necesita el perdón de Dios. Los hombres sólo podemos vivir pidiendo perdón y perdonando.

Hermanos: Dios es Papá… está con nosotros siempre.

Les bendigo…