XV Domingo Ordinario. Mons. Cristóbal

 

XV DOMINGO ORDINARIO – Ciclo C

10 de Julio de 2016

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

La vocación cristiana implica la conciencia clara de una misión, y en la misión se pretende realizar el proyecto divino para cada uno, proyecto que es un plan de amor y siempre supone tener muy en cuenta la Ley de Dios; nos dice la primera Lectura (Dt 30,10-14): “Escucha la voz del Señor, tu Dios, que te manda guardar sus mandamientos”.

El proyecto divino es siempre proyecto de vida porque está orientado hacia el amor.

Dios se complace en hacer feliz al hombre, sus preceptos buscan el equilibrio de la persona. Sus mandamientos son justos y eternamente estables.

Conocer, amar y encarnar en la propia vida la Palabra de Dios (su Ley) no es una empresa imposible, dice: “Mis mandamientos están muy a tu alcance, en tu boca, en tu corazón, para que puedas cumplirlos”,  y cuando alguien es engañado y se aparta de la Ley de Dios, siempre está la invitación: “Conviértete al Señor, tu Dios…” Los mandamientos de Dios no son algo arbitrario o abusivo, sino la expresión del código genético de valores propios del hombre…

En algunos momentos de la historia han existido quienes pretendieron ocupar en lugar de Dios. Y hoy, lo digo con dolor, en países como el nuestro, los cuerpos legislativos pretenden ponerse en el lugar de Dios al promover leyes, como si fueran los dueños de la vida del ser humano, diciendo cuándo sí y cuándo no puede ser privado de la vida un ser humano en gestación; y de igual manera legislando sobre el ser y no sobre el quehacer, ya que el ser varón o ser mujer es algo que nos ha sido dado, es un don que hay que agradecer y respetar , no es algo que hay que subastar y de lo cual hay que hacer negocio…

Si el hombre cumple los mandamientos divinos satisface la aspiración más honda de su espíritu, que es el “AMAR”. Entonces alcanzará la felicidad más auténtica. Los mandamientos de Dios no son ni caprichosos, ni absurdos.

Dios ilumine a los legisladores de las naciones para que al dar leyes busquen ofrecer un instrumento para que el hombre descubra y cumpla lo que lleva en su conciencia y en su naturaleza.

En el Evangelio (Lc 10,25-37) ante la pregunta del doctor de la ley: “¿Maestro, qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús lo remite a lo que se lee en la ley de Dios: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, y a tu prójimo como a ti mismo… si haces eso vivirás” Y para responder a la pregunta justificadora de: ¿Y quién es mi prójimo? Jesús propone la parábola del Buen Samaritano: el sacerdote y el levita que vieron al hombre caído en el camino no se detuvieron, siguieron adelante; les eran más importante los deberes legales que el corazón, la humanidad, la ternura.

La gran tentación es creer que se puede llegar a Dios pasando por encima del prójimo. Es querer ocuparse de las cosas de Dios sin caer en la cuenta que lo que interesa a Dios son las cosas de los hombres, sus hijos.

Lo que hizo el Buen Samaritano no tiene necesidad de comentario sino de imitación de nuestra parte, como nos dice Jesús: “Ve y haz tú lo mismo”. Quién se comporta como el Buen Samaritano se comporta como el mismo Dios lo hace con nosotros.

Que el Señor dé ojos a legisladores y autoridades para ver a tantos caídos por el crimen y la pobreza extrema en nuestro México, muchos por causa de la injusticia de la misma ley. Y a todos nosotros hermanos,  nos conceda el Señor no sólo ojos para ver al hermano caído sino también un buen corazón para detenernos y además rodillas flexibles para inclinarnos permanentemente.

Les bendigo…