XII Domingo del Tiempo Ordinario

XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán

En la página del Evangelio encontramos dos preguntas que hace Jesús sobre su propia identidad: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. De lo que dicen los demás sobran respuestas, y ante la segunda pregunta que es la principal: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”, da la impresión que hay un silencio embarazoso, roto finalmente por la declaración de Pedro: “¡El Mesías de Dios!”. “Él les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie”.

La gente no debe saberlo con tanta prisa, esto porque es necesario precisar cómo es Mesías, y el modo no está ciertamente de acuerdo con las esferas de la gente y ni siquiera de los suyos, ya que esperaban que el Mesías de Dios llevaría a cabo su misión con un aire triunfalista, político, social. Jesús, con cuatro verbos, les muestra el itinerario mesiánico: “Es necesario que el hijo del hombre SUFRA mucho, que sea RECHAZADO por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea ENTREGADO a la muerte y que RESUCITE al tercer día”. La profesión de fe de Pedro parecía fácil, pero con el anuncio que Jesús hace se  complica, porque no sólo hay que creer en Jesús como el Mesías, sino como el Mesías que pasa a través de la Cruz.

Sabrá quién es Jesús no tanto quien estudia mucho sobre él y tenga ideas precisas, sino sobre todo quien acepte ser su discípulo y tenga la disponibilidad de vivir como él.

Después de explicar lo que le espera en cumplimiento de la voluntad de su padre les dice: “Si alguno quiere acompañarme, que tome su cruz de cada día y me siga”. Es necesaria una elección precisa, valiente, lúcida, libre. El camino que Jesús nos invita a seguir es el de la fidelidad a Dios, sufrida y gozosa, silenciosa y cotidiana en la entrega por los demás, con todas sus consecuencias incluida la cruz. No se trata de ir buscando ocasiones extraordinarias para ser mártires; es la cruz de cada día, las pruebas que nos va deparando la vida, nuestra entrega y nuestra disponibilidad, la aceptación de las renuncias, las molestias, las fatigas y el autocontrol que exige la vivencia del Evangelio. Incomprensiones, pequeños sacrificios, preocupaciones en el servicio habitual prestado a los demás.

“El que pierda la vida por mi causa ese la encontrará”  Nos dice el Señor.

Les bendigo a todos…