XI Domingo Ordinario. Mons. Cristóbal

XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

+Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán.

 

En los dos Domingos anteriores veíamos a Cristo liberando de la enfermedad y de la muerte; hoy lo contemplamos como liberador del pecado, el mal radical, es decir, el más grave de los males…

Aparecen dos realidades en la Palabra de Dios de este domingo: pecado y perdón. Eso mismo lo puedo decir con el Papa Pablo VI: “Miseria mía, misericordia de Dios”.

En la 1ª. Lectura, David descubre la salvación no en la fuga sino dejándose clavar en sus responsabilidades. Aceptando la denuncia profética que le arranca la máscara que le cubría del deseo de la mujer ajena, la violencia, el adulterio, el asesinato “comisionado”. La denuncia en labios del Profeta es aplastante y no deja lugar a segundas “interpretaciones”: “Haz matado y cometido adulterio”. David despojado de la arrogancia, del poder y aceptando la realidad de los hechos, renuncia a justificarse, abre su corazón al Señor y confiesa su pecado sin explicaciones ni atenuantes: “He pecado contra el Señor”, Natán le respondió: “El Señor te perdona tu pecado”.

Al contrario, en el Evangelio, Simón el fariseo que hospedaba en casa a aquel que es la Palabra, no le permite que ilumine el interior, es más, la encamina hacia los pecados ajenos para iluminar, de rebote, el propio diploma de “buena conducta”. Dirige su atención hacia: “Aquella mujer de mala vida… que se puso detrás de Jesús y comenzó a llorar y con sus lágrimas le bañaba sus pies, los enjugó con su cabellera, los besó y los ungió con perfume”. Lucas, el evangelista de la misericordia de Dios, nos presenta en este pasaje una luminosa celebración del perdón que Cristo ofrece a quien sabe amar. Perdona todos sus pecados de golpe. No se los recuerda. No los cuenta ni los clasifica. El remedio de Jesús regenera en el corazón muerto de la mujer los sentimientos más delicados del ser humano: amor y gratitud. Jesús encarna el amor. Simón el fariseo la acusa. Jesús la perdona: “Tus pecados te han quedado perdonados”.

Hermanos: no es que Dios apruebe la injusticia de David como tampoco a prueba los muchos crímenes que se siguen cometiendo en estas tierras. No es que Jesús tome partido por la clase de vida que lleva la mujer. Pero ante la debilidad y ante el arrepentimiento sincero, la respuesta de Dios es el perdón.

Dios perdona siempre, nosotros, muchas veces, no perdonamos. Nos desagrada que fallas ajenas queden sin castigo. Tenemos gran capacidad de juzgar y muy poca de perdonar. Aprendamos a perdonar para no caer en la tentación autosuficiente e intransigente de los fariseos. Con el salmo 31 oremos: “Perdona Señor nuestros pecados” como también nosotros queremos perdonar.

Les bendigo a todos…